La covid y sus eufemismos.

Los eufemismos de alma dubitativa que nos trajo la covid pululan por nuestras mentes como huesos de cereza después de introducidos en el microondas, calientan nuestra conciencia pero no curan. Una enfermedad terrible encontrada por casualidad como una excusa, y usada por una parte del mundo para seguir oprimiendo con todas  las de la ley a la otra  más numerosa. No se puede visitar a tu madre, pero puedes viajar a saciar tu drogadicción, eso sí, viajan los que pueden, los niños ricos, pijos como se les denominaba antaño, de esta Europa decadente, mientras limpian sus casas mujeres que temen no poder ver a su familia nunca más, encerradas doblemente, que no desean encontrarse en las colas del hambre, con dolor de futuro más que de huesos, ni llevar a su pequeño hogar únicamente lamentos, por la poca responsabilidad de los que con dinero compran libertad, y la connivencia de los poderes que no saben o no pueden decir que no al dios capital, al dios droga, al dios adocenamiento… La covid, los confinamientos, por mucho que nos vendan, no son lugares de felicidad desde donde se aplaudió, más que a los sanitarios, a nosotros mismos, porque temíamos ser barridos por un ente invisible sin que no hubiese quien nos atendiera. La covid han sido pobres muertos, muertos pobres, que en silencio y en la más absoluta soledad se marcharon con su olvido transmutado a un número insensible. No es posible yacer eternamente muerto, como tampoco se puede estar eternamente vivo, pero ambos estados deberían estar revestidos de dignidad, con esa finitud pequeñamente inmensa e inmaterial de un abrazo o una mano agarrando, que deberían poseer las transiciones en los seres que nos autonombramos inteligentes. Los que más solicitan libertad son los que más tienen, es una incesante paradoja constatada desde los albores de los tiempos. Los que hicieron la vida en los balcones sonriendo no existieron más que en la foto, que los medios de comunicación difunden, luego se entraban a su realidad, y dependiendo de la profundidad de su pozo se ahogaban en él un poco o un mucho hasta el próximo eufemismo del sufrimiento. Los que han perdido a un ser querido lo lloraran mientras sus lagrimas existan, lo añoraran mientras su recuerdo persista. Las absurdas hordas de personas drogándose con estupefacientes legales o ilegales, que nos desgarran el alma, que como otro eufemismo social se llaman fiesta o pasárselo bien, ya me gustaría ver a esa gente aguantándose los unos a lo otros sin como mínimo beber, rompen con su posicionamiento las más esenciales normas de respeto, no piden la libertad para un trabajo digno, para que todos los seres humanos podamos movernos libremente, para las personas que son obligadas a jugarse lo nada o lo todo que tienen en una patera, no piden la libertad para quien se pasó el confinamiento en diez metros cuadrados, para quien no puede elegir si quedarse o salir. Qué libertad es esta que solicitan como catervas de sombras inquietas que no conduce a la dignidad, que deja hacer si naciste en un lugar con unos posibles, yo solamente oigo pedir libertad para el derecho de pasárselo bien o tomarse algo para olvidarse de los demás y aturdir el yo. Qué nueva normalidad es esta que se parece tanto a la de siempre. 

La covid, como cualquier trastorno en la pax romana desborda los ríos subterráneos, y convierte lo que creíamos perenne e incluso normal en un barniz agrietado que tapaba la mala calidad de los materiales. Es tan tonto pedir la libertad solamente para imaginarla, en vez de picar cimientos y erigirla desde abajo, y poder verla crecer desde la simiente, saber que lo que nos hace libres nos hace justos, lo que nos equilibra es que todas y todos tengamos el futuro en manos de nuestros deseos y capacidades, que tengamos el derecho a equivocarnos, solamente se pueden equivocar los que tienen un respaldo familiar económico. La covid ha movido toda la cubeta pero no el fondo, el sedimento lleva demasiado allí, es pétreo, se encuentra en una oscuridad abisal, saldremos con las mismas incertidumbres, los hundidos más pisoteados, los flotantes casi vuelan, los que nadan a veces se creen que se acercan a tierra pero solamente salvan la ropa.

La covid se ha convertido en un eufemismo de una lucha horrenda desigual que atañe  a los débiles en este sistema económico, y en el último escalón sobre todo está situada la mujer, la de abajo, la que necesita, a la que humillan, la que cruza, a la que prostituyen los hijos de putero, a la encerrada, golpeada, entregada, doblegada, enfrentada… Un eufemismo inmenso en el que todos y todas nos hayamos escondiendo realidades, necesitando creer que las caras sonrientes de nuestra red social preferida son las que nos salvaran.

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