La soledad neurodivergente

Jugar, lo que se dice jugar me gusta, soy forofo de la sorpresa, de la creatividad, la considero una forma de resistencia, disfruto trasteando con las palabras, las exprimo, me recreo con cualquier gracieta que se me ocurra, si encuentro una pelota la hago rebotar contra una pared hasta que se me cansa la mano o alguien me la arrebata harto del ruido repetitivo, o me regaña de malas maneras lo que es devastador para la autoestima de una persona del espectro autista. Una critica sobre un aspecto cuestiona todo nuestro ser. No obstante el entretenimiento se envenena en cuanto entra en el juego la palabra, o la idea competición, me devasta un pensamiento intrusivo, un recuerdo, una fotografía me come por dentro, mastica los pilares de mi propiocepción haciéndome tambalear. Yo lo suelo llamar toc, ya sé que no lo es, se podría denominar pensamiento mágico, recuerdo taumatúrgico, rememoración extraña, se podría decir que esta repetición de una imagen hace que mi cabeza se aleje del presente, y no me deje desarrollar mi verdadero potencial, sea bueno o sea malo. Mi mente se desgaja de mi cuerpo, del ahora, se llena de viento silbando, de recuerdos que viven autónomamente, de historias que toman el protagonismo sin pedirme permiso. Todos los demonios, dioses de diverso pelo y acompañantes saben que ya no soy el que está al mando y se aprovechan de mi vulnerabilidad. Me ha ocurrido jugando unas simples cartas con amigos en el recreo del instituto cuando empezaba el pique apostando dinero aumentando los espectadores y partidarios de uno u otro jugador, con el deporte también, como jugaba al baloncesto muy bien en la calle, me animaron a apuntarme a un equipo, fue un desastre, el entrenador comprobó mi desenvoltura en la cancha, estaba seguro de haberse topado con un jugador prometedor, sin embargo era comenzar un partido y los balones pasaban entre mis manos como si me las hubiera untado en mantequilla, también me ha ocurrido con la música aunque a menor escala, recientemente estoy aprendiendo piano y no se me da mal, si alguien comienza a observarme, mi cerebro siente la necesidad de hacerlo mejor, me empuja como un padre autoritario, entonces me derrumbo, y mis dedos se tropiezan entre ellos. Debería sincerarme, mostrar mis vulnerabilidades, eso me digo, la gente quizá sea más comprensiva de lo que creo, y si no, peor no me iba a sentir. Este pensamiento imagen me asalta, es intrusivo, se expande como el gas dentro de un recipiente, que como aseguran los científicos toma la forma hasta del ultimo rincón del lugar en el que se haya confinado, lo contrario de lo que me ocurre a mí, que todo lugar, todo espacio me parece demasiado grande y me arrincono en una esquina a observarlo y a componer con el aire y los puntitos que flotan en la luz historias de universos siderales. 

Este  recuerdo va cambiando con el tiempo porque lo voy elaborando, añadiéndole rencores, dolor, rabia, miedo, y otras veces alegría al mirar a los lados y  darme cuenta que todo lo que me abruma respecto a eso se quedó en el pasado. Quizá escribiéndolo, cerrando los ojos y dejando a mis manos que se lo saben de memoria lo reciten sobre páginas en blanco, sea el único bálsamo. Escribir, escribir, a veces sin ton ni son. 

Esta imagen la recuerdo estática aunque no lo fuera, posee ese movimiento de las fotografías que ahora les da vida, una vida irreal y repelente, la inteligencia artificial sin ninguna necesidad. La fotografía es mucho mas interesante que el video, la mente es la que compone la actividad y el entorno. Pero esta imagen se mueve y me habla con un descuido que hiela. Se originó allí por la infancia, era un día como tantos en los que no comprendía el mundo, no comprendía a nadie y me escondía hablando con el vacío, conversando con mi propia voz tan rara cuando es un susurro, acurrucado en un estanque levantando a los renacuajos desde el pequeño charco en la palma de la mano y dejándolos caer con suavidad, raspando las paredes con una piedra y sacando lascas de cal blanca que a veces chupaba, subiéndome a un cerezo de ramas altas y casi seco que comandaba unas vastas eras abandonadas, corriendo como si volara sobre los terrones de los barbechos, recolectando hormigas y metiéndolas en un frasco de colonia vacío que llevaba en el bolsillo incluso a la escuela, mientras el profesor daba su clase  le echaba pequeñas migajas de pan del bocadillo del día anterior conservadas en el fondo del bolsillo junto a la pelusas, las recuerdo hincándose las mandíbulas entre ellas, ahora sé que se estaban suicidando con la ayuda de sus compañeras, hasta para producirse la muerte son sociales y empáticas. Mi crueldad de entonces me hace comprender en que sociedad crecí, montado en bicicleta cantando, creyendo que volaba sobre los baches de los caminos de tierra, tirándome en un ribazo dejándome llevar por la  pareidolia,  creando historias con las nubes, escuchando el llanto de los cerdos, sus palabras de angustia pidiendo socorro en esos lugares cárceles, peor que eso, las cárceles son más humanas, de los que emana un olor que no es el suyo sino el nuestro, y esas vacas en la vaquería del camino que llevaba al manantial, a las que después de embarazarlas sin su consentimiento, arrebatarles los hijos que gestaron para explotarlas y bebernos el alimento que no nos pertenece, no contentos las mantenían casi sin ver la luz del sol y con las patas trabadas, y ese perro en el camino enganchado a un cable que se deslizaba por una barra de unos cincuenta metros y que le otorgaba el movimiento justo para proteger la valla del dueño que lo tenía allí a la intemperie y expuesto al que el odio de un desaprensivo lo matara, como así fue, oí que le habían dado una morcilla con mata ratas, ese día nadie me ladró al pasar, como ya sabia la distancia del cable no me daba miedo, lo dejaba ladrarme a un metro de distancia, o a menos, mientras pasaba, era su trabajo y de alguna manera se sentía bien en cuanto me alejaba creyendo que había sido por él, y ese burro también trabado como las vacas en una explanada de almendros, cuando no estaba comiendo se agostaba bajo uno, aquel día le llevé un ramo con vinagretas y tréboles, no sé lo que hacía allí todo el día ni si por la noche se lo llevaban a algun establo, me lo agradeció balanceando la cabeza con su mirada triste. Estos recuerdos antesala o desenlace, no sé lo que ocurrió antes, de la imagen que vuelve una y otra vez para romper el presente son retazos de la maldad humana que se inventó por supervivencia y que se mantiene por tradición y codicia. 

Era un día como cualquier otro, no se diferenciaba en nada, en la televisión vi que se había montado una cacería de jabalíes en una sierra de Barcelona porque eran una amenaza para las explotaciones terribles de cerdos que salpican los campos, alguna gente iba a perder mucho dinero si la enfermedad que supuestamente portaban llegaba a su instalaciones. Nadie se preocupaba por esos animales. Ni por la contaminación de las aguas y del aire que hipotecaría esas zonas durante años aunque esas explotaciones desaparecieran. Unicamente era una preocupación económica, sabiendo que los que se enriquecen siempre son unos pocos, los demás son lacayos, esclavos de estos poderes económicos, que cuando la actividad no sea rentable o haya esquilmado toda la riqueza natural del entorno serán abandonados en la calle donde fueron encontrados. La dignidad se vende y se compra, es una perogrullada pero hay que decirla más porque se olvida.

Ese día iba a despertar y mirar a la cara a la especie humana. No comprendía el mundo,  y supuestamente era feliz, pero no, estaba equivocado, solamente creía que era feliz, ahora lo comprendo un poco, sé que lo que ocurre ocurrió y ocurrirá, y tiene unos motivos, existen los culpables, un origen, y que únicamente podemos luchar por la esperanza, es la libertad que nos dejan, y que aunque a veces esta se rompa como el cristal hay que repararla cuanto antes, si no no se podría vivir, aunque hayas personas a las que el sufrimiento y que se hagan las cosas como siempre no les resulta ningún problema, aparentemente. 

Volvía a casa, se hacía de noche, las luces del pueblo ambarinas marcaban el destino, venia por el camino de las eras, yo tranquilo con mi soledad, con el frío fuerte golpeando los pies y las manos que me dolían, pero no me importaba como niño que estaba en otras cosas, jugando con un palo, haciendo surcos, golpeando ramas, convirtiéndome en un virtuoso espadachín. Un coche  , vestigio humano,  se acercó alumbrando el camino y dándome las largas, yo me aparté lo que pude, pero se detuvo a mi altura, lo que me produjo miedo, mi impulso fue salir corriendo, pero reconocí a mi abuelo en el asiento del copiloto, no le pregunté, siquiera me acerqué, era un hombre hosco y poco cariñoso, me gritó que subiera, no le hice caso inmediatamente, me había quedado paralizado, bajó y me arrastró del antebrazo, dijo al aire sin mirarme que no sabía que iban a hacer conmigo, me empujó hacia dentro, tus padres te han estado buscando, conducía un amigo de mi abuelo que no habló nada durante el trayecto, me culpó de mi frialdad, estaban muy preocupados, yo no comprendía a que se refería pero no rechiste, algo habría hecho, me llevó a casa, se encontraba helada, la calefacción no estaba conectada, lo que me resulto extraño, desde las siete de la mañana a las doce de la noche la mantenían encendida, mi abuelo me conminó a que si no me quedaba quieto allí tendría consecuencias desagradables. Cerró la puerta violentamente y la canceló con llave. Solo podría salir de esa casa saltando desde las ventanas de arriba, sabía como, lo había hecho varias veces, enganchándome a una tubería y al palo de una antena pero me pregunté para qué, mi padre y mi madre estarían en algun lugar al parece buscándome y mi abuelo había ido a avisarles, vendrían, me castigarían sin entenderlo, no era el primer día que me pasaba la tarde recorriendo el campo sin que ellos lo supiesen, y no les había importado, no era tan tarde como para preocuparse, en unos días volverían las aguas a los cauces normales o en menos, eso esperaba. La electricidad no funcionaba, fui al diferenciar, todo parecía bien desde mi punto de sapiencia sobre el tema, los interruptores estaban arriba, mi padre sabría como arreglarlo, busqué velas, encendí unas cuantas, me metí bajo las matas del sofá a aguardar, no entendía porque tardaban, me dormí unas cuantas veces, cada pequeño ruido me sobresaltaba, levantaba la cabeza y pensaba que ya estaban aquí. Llegó la mañana, con la claridad de un sol tímido, el frío seguía siendo intenso, todavía estaba solo en la casa, di unas vueltas, todo seguía sin funcionar, comí algo, decidí salir a preguntar, a saber, subí arriba, no conseguí abrir ninguna ventana, estaban atrancadas, pegadas tal vez. Decidí romper un cristal, me dije espera un poco a ver si se te ocurre algo mejor, bajé, di unas cuantas vueltas buscando un juego de llaves, una palanca para ayudarme con las ventanas, escuche ruidos cerca de la puerta, miré por el ventanal del salón, eran ellos, venían de dar un paseo, llevaban la ropa que solían ponerse para andar, y con ellos un niño de aproximadamente mi misma edad, no conseguía verlo al completo, no podía asomarme más, ¿quien sería? Abrieron la puerta, entraron, me senté en el primer escalón de la escalera, pasaron hacia la cocina los tres haciendo que no me habían visto, era peor de lo que imaginaba, prefería gritos y reprimendas, ¿tan terrible había sido mi falta?, el niño poseía un aire familiar, lo conocía de algún lugar, conversaban distendidos olvidándose de mí, me enfadé tanto que me prometí no entrar, tardaban, se habían callado, permanecí unos minutos en mi lugar, no quería ceder, la curiosidad al fin me animó a asomarme, no había nadie en la cocina, ¿por donde se habían marchado?, abrí la puerta de la calle, salí a buscarlos, se había hecho de noche de repente, anduve unos minutos por la acera arriba y abajo, sonámbulo, extraño, como si mi cuerpo no me perteneciese, desubicado, hasta que apareció un coche doblando la esquina a bastante velocidad, era el que me había traído la noche anterior, mi abuelo de copiloto y mi padre y mi madre en la parte de atrás. Salieron rápido, hice ademán de escapar corriendo pero no pude, mis pies casi no me respondían, me dolían como todo el cuerpo, me di cuenta de que estaba casi desnudo, mi padre me recogió y me entró para casa, el calor que había allí dentro me reconfortó como nada en el mundo ni nunca lo han hecho después, como si mi cuerpo fuese una esponja lo absorbió al instante produciéndome somnolencia y hambre, mi madre me besaba sin parar, casi no me preguntaron pero era yo quien mas necesitaba respuestas, mi desconcierto era infinito. Al rato mi abuelo explicó en voz alta lo que había ocurrido mientras parecía rezar, mis padres le decían que se callase, como siempre hizo lo que le venia en gana, no querían que reviviese lo ocurrido, el dijo que tendríamos que hacerlo tarde o temprano. 

Lo que entendí de lo que dijo fue lo que hoy compone la imagen de mi recuerdo:

Yo estaba jugando solo en la placeta como siempre, y aparecieron unos niños, vecinos, todos lo somos en un pueblo, que necesitaban a alguien para jugar un partido contra los de otro barrio, me convencieron, nos fuimos al polideportivo, la presión por ganar era fuerte,  alguien me había dicho que los hombres deben luchar por el honor de los suyos, y yo soy de tomarme las cosas al pie de la letra, corría, jugaba desesperadamente, me tiraba al suelo, dicen los que me veían que parecía fuera de mi, había dejado de estar en el presente como muchas veces, me comportaba como un perro de presa, me lancé a una pierna para atajar un balón y la rompí, entonces empezó la guerra contra mí, yo me disculpé dicen algunos, otros que andaba con altivez desdeñosa, tal vez pasaron ambas cosas conociéndome, llamaron a la ambulancia, mientras se lanzaron a pegarme y nadie me defendió, los de mi equipo se quedaron quietos, me golpearon hasta arrancarme la ropa, logré escapar saltando la tapia por el lado del bosque, allí arriba mientras me laceraba con las botellas rotas que remataban el muro les grite, los insulté, dije barbaridades y salté al otro lado perdiéndome durante tres días hasta que me encontraron en la acera de casa. 

No recuerdo nada de lo que contó mi abuelo, me acuerdo de la tarde y que él me recogió, pero al parecer  nada de lo que recuerdo ocurrió y viceversa. Solamente  podría ser real esa imagen del campo de futbitos (como le llamábamos entonces), que sí creía recordar, en el que parecía haberse entablado una batalla, una imagen en silencio, de niños observándome, todos lo hacían, como si fuese un monstruo, diseminados por una pista gris, con ropa por el suelo, al que le había roto la pierna tumbado justo en el círculo central, manchas entre ellas de sangre reciente, las porterías con la pintura desconchada, las redes agujereadas y grasientas, la tapia de ladrillo sin enlucir delimitando un espacio árido de varias canchas construidas en duro cemento, en las que se jugaba al baloncesto, al futbol, y al tenis. Y un niño que venía hacia mi a lanzarme un gran piedra, el mismo que entró con mi padre y mi madre. Por eso ese pensamiento mágico, esa imagen que pudo ser así o de otra manera, que no tuvo consecuencias legales o de otra índole oficial y pública, en el pueblo como otras tantas cosas se silenció al menos de puertas para fuera, me escuece como una herida no cicatrizada, mi condición neurodivergente siempre es una excusa con la que los demás pueden mirar hacia otro lado sin sentirse culpables, por aquel entonces no estaba diagnosticado. 

Hoy me es imposible competir, me da miedo que mi mente se pierda otra vez, no controlo los limites de la hipocresía, los limites que marcan las palabras, las voces, y los recuerdos, y eso podría ser un problema, me digo: compórtate como una persona normal. Después veo como las personas normales bombardean países y se me pasa. Entonces termino desorientado en ese bosque perseguido por la jauría de mi propia voz. Por mucho que me esfuerzo no sé como debería ser o comportarme para que los demás me entiendan.

Por eso juego solo.

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