El malismo

Pueden llorar de hambre, de miedo, de soledad ante la barbarie. Llorar por vivir en una cárcel en su propia tierra. El mundo, los países sin conciencia y sin memoria gritar en voz baja con vergüenza porque no se atreven a nombrar la palabra genocidio. Pueden estar entre nosotros destruyendo la convivencia, aumentando la inseguridad ciudadana, esos malos profesionales que antes de producir terror lo sufren ellos. El mundo puede que sea una olla de grillos, una estentórea farsa pero el sufrimiento es real, no es una noticia de telediario. Es así porque quieren que sea así. Los rearmes, que te teman, como ha dicho el presidente francés, ser débiles moralmente, como ha demostrado la presidenta europea, esparcir bulos, derramar por las redes inhumanas sentimientos de odio generalizado sobre personas por su origen pobre, o ver las guerras como fenómenos atmosféricos. Pueden ser más trabajadores, publicitar que el enemigo son los demás, que las banderas son armas, con su palo golpean y con la tela ciegan el paisaje. Puede que el malismo nos arrebate la sonrisa, el humor, el reírnos abiertamente con los demás. Todo puede ser y puede no ser. La crítica constructiva es buena, la lucha amable es lo más subversivo, lo más punki ahora que la historia está dando vuelcos de nuevo y quiere traer a esos ogros fascistas del pasado. Salir a la calle es necesario. Puede que nada cambie pero hagámoslo por nosotros y por ende por la humanidad. Nos merecemos vivir en un mundo hecho para vivir no para simplemente mantenernos vivos. Podríamos no ser mercancía, ni números, ni consumidores, ni seguidores, ni acólitos, ni monaguillos del dinero ni el poder. Podríamos poner pie en pared al malismo y no tenerle miedo. Podríamos cultivar nuestro entendimiento y pensar. Y tener una voz común, humana y libre.