Si el fin del mundo
nos encontrase
formando parte
de algo mayor
que nuestro miedo,
la humanidad
que sangra ahora
otearía la esperanza,
si no corriésemos
a las primeras de cambio
a alimentar al supermercado
desvalido y pequeño
enjambre del consumismo,
la humanidad que sangra
cauterizaría sus lágrimas,
ganaría la fe atea
esa que no necesita
temer un castigo
para comportarse
como se debe
con la humanidad que sangra
y con la humanidad que deja sangrar,
si no gustáramos
de combinar
la supervivencia
con la vacuidad,
o a la búsqueda
de un significado
para aquello
que no es importante
la humanidad que sangra
albergaría
su camino, sus derechos, una tierra.









