Aquella música y esos colores venían de otra parte,
de donde no viene el conocimiento de las cosas…
La inmensa memoria de las cosas
desconocidas. (Sánchez Ferlosio en Alfanhuí)
Recorrer el camino con la mirada y el rostro ladeado y ese silencio tan suyo, compartiendo con los demás transeúntes la nada, aquel espacio que en todas las ciudades uno cruza con total rapidez porque sabe o supone que es un lugar construido para encontrarse de paso. Anda deprisa cómo si mil ojos se posasen sobre su movimiento y lo escrutasen diseccionando una a una sus miserias, colocándolas sobre una bandeja. Hebras de carne de ternera situadas bajo microscopios electrónicos. Levantarse con el miedo intacto después de un sueño placentero.
Existe un hombre, delgado, con un bigote poco poblado, canoso, siempre con gorra de beisbol, de ropa holgada tanto en invierno como en verano, que emerge a veces desde la multitud para toparse de repente con su mirada, y otras lo advierte derivando desde lejos el rumbo para coincidir con él. Antes, no podría concretar cuando fue antes, ese transeúnte le saludaba primero, y él le contestaba por cortesía, le espetaba sonriendo un simple buenos días acompañado de un levantar apenas una mano que caía después como un trapo provocando un movimiento ondulatorio en el brazo que se contagiaba hacia el hombro. El resto del cuerpo se mantenía erguido y duro, excluido de aquel encuentro casual. Con los años, por indicar una unidad de tiempo, esto había evolucionado, él se adelantaba a saludar los lunes, miércoles y viernes, deponiendo la iniciativa al transeúnte los martes, jueves, y sábados. No le salía con naturalidad el buenos días, no comprendía aquel saludo que presuponía lo que es imposible presuponer, desear lo que no depende de nosotros, era una tontería a la que nadie importaba, que solamente se encontraba dentro de su cabeza, pero intentó construir un saludo suyo, tras experimentar con varios tratamientos, se limitó y se conformó con un escueto hola.
Este hombre con nombre de mes veraniego o protoemperador romano, Julio, que es levantado a la hora exacta a la que el despertador programado en el móvil grita Higway to hell de AC/DC, salta automáticamente de la cama sin mediar transición entre los dos mundos y abre los ojos a un lugar que deja de conocer cada noche para enfrentarse de nuevo con las obligaciones de las que apenas aprende de un día para otro. Le ocurre un extraño fenómeno, nace al amanecer, lo aprendido y experimentado, al menos desde su punto de vista se mantiene en el pasado. Se adecenta un poco, el resultado es poco brillante, el pelo que había despertado con aire disparatado termina lamido con agua ayudado por un peine de púas anchas, dejando la raya a la izquierda y un semiflequillo escondido al que pronto, cuando se seque, tenderá a acercarse a los ojos y a pelearse con él y con su mano que con una obstinación absurda, cree que ganará, se pasa el día empujándolo hacia arriba. También se lava la cara y se esparce sobre el pecho unas gotas de colonia que alguien, la persona con la que vive compra, no le gusta mucho el olor pero debe ser una especie de costumbre porque no consigue dejar de echársela. Sin recordar hacia donde debe ir después de un buen desayuno repleto de tostadas, fruta, avena y dos tazas colmadas de café se adentra en la rutina, se cala la gorra que se quitará cando llegue al trabajo, baja las escaleras, sabe que le tiene miedo al ascensor, recorre su pequeña y tranquila calle y se adentra en la jungla y en los ríos de gente que el asfalto mueve. De algo se debe vivir, le dice su madre (de las pocas cosas que se acuerda), ninguna profesión es indigna mientras sea honrada. Quizás contrariándola no se dedique a nada bueno, y sea un especulador que a base de inflar los precios de una necesidad pública se beneficie del sufrimiento que provoque, por ejemplo con la vivienda, o con algún alimento, como el trigo, las patatas, el azúcar, o quien sabe qué. No se siente mala persona, eso no es garantía, ¿quién se siente malo?, malos son siempre los otros, las sociedad, el contrincante, pero en fin, sin saber explicarlo completamente no cree que sea capaz de provocar sufrimiento a sabiendas.
El saludo de este desconocido es el mayor enigma que existe en su vida, y es mucho decir, porque desde que se levanta hasta que se acuesta no entiende nada, la sociedad, su funcionamiento aparentemente aséptico y sencillo, revierte en infinitud de situaciones. La gente se quiere aprovechar de otra gente con sonrisas generosas y palabras agradables, es la forma más efectiva pero no la única, los poderes no son los poderes, los trabajadores no son los trabajadores porque los esclavos según una creencia bastante generalizada no existen, la pobreza es como la lluvia o un día de calor intenso, inherente a la propia vida en sociedad, y según nos enseñan existen dos formas de afrontarla, mirar para otro lado y no verla, o preparar una limosna, las dos fórmulas nos hacen sentir razonadamente bien, y después existen millones de luchas para eliminar toda injusticia o sufrimiento que chocan contra muros, ¿por qué es tan difícil ganarles un metro y tan fácil perder quilómetros?, ¿quién se beneficia, ¿a quién le perjudica que todos vivamos razonablemente bien?, qué todos empecemos la carrera vital con las mismas posibilidades. Si hay que salir desde más adelante o desde más atrás pues se sale, por qué tememos tanto a la igualdad antes de conseguirla y después la idolatramos para terminar convirtiéndola en el aire que respiramos…
El saludo es su mayor misterio, tres calles le restan, dos esquinas, salir a la principal y casi a la misma altura, unos metros más o menos, se cruzan y como hoy es miércoles, Julio toma la iniciativa, hola le dice, hola responde aquel hombre, apenas se miran. Tuvieron que conocerse en algún lugar, quizás sea alguien que le arregló la cisterna, porque las cisternas cada cierto tiempo pierden agua, o le colocó una cortina, porque las ventanas solemos arroparlas, o es un cliente al que un día vendió algo o ayudó en el problema que tuviese, pregunta que responderá dentro de un momento, cuando llegue al trabajo y sepa a lo que se dedica. Podría preguntarle, no se atreve, debería haberlo hecho al principio, ese primer día, no sabe lo que sería peor, quizá la víspera tuvieron un encuentro, le enseñó, por ejemplo la casa en la que vive, o se la compró, o fue su maestro de inglés si es que alguna vez tomó clases, el caso es cree saber hablarlo. ¿Qué habría pensado de él?, de una persona que olvida tan rápido a otra persona, tal vez se conozcan bastante, de mucho tiempo, fuesen amigos de la infancia, no, eso no, se pararía para entablar una conversación, quedarían de vez en cuando después del trabajo, o el domingo para salir en bicicleta, o lo llamaría. ¿Quién le dice a él que no lo hace?, y esté elucubrando falsedades por su mala memoria. No, su saludo no parece de amistad.
Existe también una persona que lo agarra del brazo izquierdo, lo empuja o lo sostiene, guía a Julio, es un hombre, intenta obstinadamente mantener una conversación con él sin conseguirlo, sabiendo que nunca lo hará, habla pausadamente, solitario, imbuido en el caos de la prisa que les circunda, levanta la cabeza, no le detiene la apatía de su compañero de andanzas, ronronea con por ejemplo un caso que ha leído esa mañana de unos niños y su maestro de deporte que quedaron atrapados en una cueva en Tailandia, tardarán meses en poder sacarlos, dice que no se imagina tanto tiempo encerrado en la más absoluta oscuridad, no podría gestionar aquella ansiedad. Caminan la acera que cada mañana de lunes a sábado les lleva al centro de día, Julio siempre será un muchacho, en este momento ronda los cuarenta años, nadie ha sido capaz nunca de sonreír más que él.
Julio parece que observe a su acompañante, Carlos, su padre, sin verlo, sigue su camino en soledad hacia ese trabajo que debe desempeñar lo mejor que ha aprendido, preguntándose quién es el que le saluda todas las mañanas, con todos los misterios que encierra la vida, esta sociedad convulsa, el universo, la partícula más diminuta, Julio se pregunta, lee mucho en voz baja, ve la televisión estando aparentemente en babia, no es ajeno al sufrimiento de esa gente que se juega la vida por el efecto huida, se dice recriminándose que debería hacer algo, se planteara lanzarse de voluntario en cualquier proyecto de ayuda, verá si puede dejar el trabajo unos meses, cuando llegue tanteará las posibilidades, no sabe si es imprescindible o no, quizá sea jefe de un equipo de neurocirugía, o piloto de avión de una compañía pequeña, o el garante de la fórmula secreta para elaborar un pastel único, en cuanto lo sepa decidirá el rumbo al que debe encaminar su vida. Aún así su mayor misterio sigue siendo el saludo, quién le dice buenos días, y quién le responde cuando a él le toca saludar hola. Si se acuerda mañana lo detendrá educadamente, dejará la vergüenza atrás, y le preguntará quién es, cuándo se conocieron, qué relación los une, claro que sí, no se puede vivir temiendo, la cobardía no sirve para nada, qué más da si lo toma por loco o tonto, o si no le saluda más, es peor mantener la incógnita y la pregunta intactas para siempre.
Carlos sigue junto al brazo izquierdo guiando el camino de su hijo, llegan, le acaricia la espalda. No se podría considerar que lo empuja, con colocar la mano en el hombro Julio recorre el espacio hacia el local en el que pasa las mañanas haciendo pequeñas manualidades, entre otros ejercicios para activar su mente, además también ejercita el cuerpo, por ejemplo lanzándose una pelota de goma espuma entre compañeros. Conoce a todas las trabajadoras, entra también y las saluda, ya que está dentro acompaña a Julio hasta una silla de madera, lo ayuda a sentarse, le quita la gorra y la cuelga en una percha, le sube el flequillo para que pueda ver, y le da un beso en la frente.
Julio ha llegado ya a su puesto de trabajo, delante de él una mesa de oficina, bueno, quizás no salve el mundo pero aportará su granito de arena, sabía que era jefe o gerente de una empresa, eso es ser bastante importante y hasta imprescindible, mucha gente depende de que sus decisiones sean las correctas.
Carlos se vuelve por donde ha venido, la gran ciudad es lo que tiene, mucho ruido, obras excesivas, cuantiosas veces innecesarias, demasiados coches, la gente no se detiene y les cuesta ceder el paso, así que intenta evitar el centro de las aceras, al pasar por uno de los espejos colocados sobre jardineras plantadas de pensamientos de la avenida, obra moderna con detalles serigrafiados característicos de personajes de novelas detectivescas, se ubica delante de uno haciendo coincidir su cabeza con el gorro de doble ala de cuadros, característico de Sherlock Holmes, se dice hola levantando el brazo, recuerda a su hijo que todas las mañanas desde que han colocados estos espejos, hará un mes, saluda con un hola o un buenos días. Baja la calle en cuesta hacia casa, compra fruta antes de subir, le dan miedo los ascensores, usa la escalera, le abre su mujer que le espera con el desayuno preparado en la pequeña terraza que da a una vía peatonal repleta de comercios y que se orienta al sur. Leen el periódico, se entretienen y comentan las conversaciones que ascienden revoloteando como bandadas de pájaros,
Carlos le expresa a su mujer tímidamente, sabes que Julio saluda a mi reflejo en uno de los espejos que han puesto en la avenida.
Ella, Isabel, sonríe dejando el periódico sobre la mesa, qué feliz me hace lo que me estás diciendo, quizás sea el principio de un cambio.
Carlos afirma con la cabeza, se levanta y besa a Isabel en la frente. Se aleja hacia la cocina, se le puede escuchar tenuemente vocalizar un tal vez. Tras unos minutos escuchándosele andar por la casa vuelve diciendo, me he dado cuenta, nos faltan algunos espejos, ¿salimos a comprar?…

3 respuestas a “El saludo”
Excelente relato Lorenzo, me ha gustado muchísimo.
Saludos.
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Muchas gracias por leerlo, me alegra que te haya gustado. Saludos.
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Gracias a ti por compartir, un placer 😊.
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