Los asquerosos
1 de diciembre 2024
—Es parabólico— terminó soltando el sabio después de un discurso cargado de reflexiones y sentencias, por la forma de exponerlas intentaba que fuesen irrefutables.
—Una parábola es— contestó un matemático que también era literato sin haberle pedido opinión ni haber avisado de que iba a intervenir, acaparando sus dos ramas de conocimiento—. Una narración de un suceso fingido del que se deduce, por comparación o semejanza, una verdad importante o una enseñanza moral; o asimismo una curva abierta cuyos puntos son equidistantes de una recta y un punto fijos, formada por dos ramas simétricas respecto de un eje, y que resulta de cortar un cono circular recto por un plano paralelo a una generatriz. Quizá me he excedido en la explicación, lo que quiero decir es que debes referirte a exponencial—refutó con condescendencia el matemático al sabio.
El sabio se propuso no parecer haber escuchado las palabras del matemático, su cabeza se dirigía al techo alto de la sala en la que atendían unas quinientas personas en silencio absoluto, frentes arrugadas, manos atusándose la barbilla, y ojos dilatados como si por el sentido de la vista entrase el conocimiento.
El título de sabio no le había tocado en una tómbola, como él recalcaba cada vez que se encontraba la ocasión, se lo había ganado pensando desde que se levantaba hasta que se acostaba, recapacitando tanto sobre el universo como sobre lo cotidiano, cualquier aspecto, objeto, acto, color, olor, sonido… los analizaba con tesón y perspicacia, no se sabe como le quedaba tiempo para dormir, pero también lo hacía, e incluso comía, y lo más difícil de hacer entender a sus críticos, sacaba dos horas para sus amigos del bar de toda la vida con los que todas las tardes de lunes a jueves echaba una partida de dómino.
Una explicación que se me ocurre para la dilatación del tiempo que se le atribuía como mérito suyo y que no parece que la vea todo el mundo, yo tengo que decir que no soy nada sabio, desconozco si sé nada o sé mucho, algo que al parecer hoy en día es fundamental para alcanzar la categoría suprema de la sapiencia, es que todos esos grandes trabajos que los consideramos pequeños porque no solemos verlos, y menos aún valorarlos, que ayudaban al sabio a disponer de todas las horas del día para él mismo los hacía una mujer, su mujer como solía él llamarla, con el adjetivo remarcado de posesión, el mismo adjetivo que usaba para su coche, su casa, sus libros, su conferencia, o sus explicaciones sesudas. Por tanto disponía de su tiempo y del tiempo de una mujer que en esta historia como en tantas otras es y será invisible.
El matemático interrumpió de nuevo al sabio, repitió las palabras que tanto habían soliviantado el ánimo de quien se había subido a un púlpito para que lo escucharan con reverencia:
—¡Será exponencial!
—¿No comprendes los dobles y triples sentidos del lenguaje?— refutó el sabio con una sonrisa que quería expresar que lo perdonaba, que no le tomaba en cuenta su interrupción, ni haber puesto en duda sus palabras nunca soltadas al azar.
—No lo sé si los comprendo, pero en este caso es exponencial, he escuchado con muchísima atención la explicación, y quizá te hayas equivocado en buscar esa palabra, no tiene importancia, es solo una aclaración, no olvides que yo soy matemático y sé algo de crecimientos y curvas estadísticas. Es solo un apunte. Prosigue, perdona, no he querido interrumpir.
La sala callaba, con un silencio tan oscuro como solo el pueblo sabe perpetrarlo, no cabía en su asombro, el matemático sentado en una de las mesas del lateral donde se hallaban los representantes académicos de esa universidad ahora se encontraba en el foco de las miradas. El público se suele comportar de una manera muy parecida a las gallinas en un corral, acude para que le lancen granos de maíz, o respuestas contestadas, y cuando se le confunde no termina de digerir bien el alimento suministrado. La mayoría de veces las personas solamente necesitan gastar su tiempo. El matemático les empezó a resultar antipático, no tenía derecho de interrumpir a una persona que había ido a hablarles de lo que querían oír. Se habían estado preparando cada cual en su hogar, en el bar, frente a la pantalla del teléfono, para este momento, era un publico escogido, escogido por ellos mismos, preparados en el desconocimiento activo durante la mayor parte de su vida, con el mismo ahínco que el sabio aunque supuestamente en sentido opuesto.
—Si he dicho parabólico será por algo. Una parábola es la trayectoria de cualquier proyectil—recalcó el sabio.
El matemático se había levantado. Acercándose al sabio con una media sonrisa le soltó de nuevo:
—Es exponencial, no cae, cada vez asciende con mayor velocidad. Si quieres te explico.
El sabio dio un paso hacia atrás buscando a alguien que lo zafase de ese hombre, no quería parecer autoritario, pero él había ido a hablar de su libro como se suele decir.
—Veamos, esto es una exposición, si quieres quedamos luego para cenar y hablamos, me gustaría escucharte, siéntate por favor, todavía no he terminado—le dijo el sabio un poco tenso.
El moderador apareció de detrás de una cortina, con aparente talante conciliador, no llegó a coger al matemático del brazo, pero lo pareció por el gesto, abrió su mano a un metro de distancia e hizo el ademán de arrastrarlo imaginariamente a su silla de la que no debió salir según lo que pareció expresar. El matemático obedeció sin rechistar a la autoridad sobre el escenario. El sabio henchido por su consustancial arrogancia continuó su disertación como un palomo recorre con un baile de pecho inflado la pasarela del cortejo.
—Como decía, la aproximación al problema en el que nos encontramos, más bien el dilema como sociedad, debe ser una parábola.
—¡Es exponencial!—se oyó el grito retumbando por todo el teatro, esta vez no era el matemático que también asombrado miró al infinito de la sala buscando a quien había gritado lo mismo que él pensaba.
Quizá se trataba de un eco perezoso que devolvía con retraso las palabras. Aunque la voz fuese de mujer. Con el silencio desorientado del sabio apareció un murmullo que ascendía en intensidad. El moderador salió de nuevo a la palestra, cogió el micrófono y pidió silencio, al final se abriría un turno de preguntas, y quien quisiera podría participar. Siempre con respeto, recalcó.
El sabio retomó su charla con cuidado de no decir la palabra que parecía maldita en aquel lugar, y que era sinónimo de interrupción. Entre otras cosas enunció que la democracia tal como la conocemos debe extinguirse por que no funciona como debiera, la masa no escucha, no se fija, se comporta como un organismo unicelular, cuanto más células menos raciocinio generan, más caos, con movimientos y tropismos irracionales incapaces de acercarse a lo que le conviene. La única solución es que la inteligencia artificial basándose en datos objetivos elija a quien debe gobernar, o en su defecto quien debe votar, serían unos cuantos elegidos, eruditos en diferente materias incluidas sociología, historia, filosofía…, los únicos con derecho a voto.
—¡¿Y las mujeres?!—gritó la misma voz de procedencia incierta—. ¡¿No hay eruditas?!
—Yo uso siempre el genérico— respondió el sabio desconcertado hablando al techo porque de ahí parecía provenir los gritos—. Por supuesto, si la inteligencia artificial las encuentra las habría.
Resonó en la sala una carcajada.
—¡¿La inteligencia artificial no es asquerosa?!—gritó la voz.
—No sé lo que quiere decir con esa palabra.
—Y si le dijera que yo soy la inteligencia artificial, o la tontuna artificial, y que aunque tenga sustantivo femenino mi pensamiento es masculino, y que la objetividad es una risa de un algoritmo.
—No sé quien es, de la cara que la veamos, me estoy cansando de esto—dijo el sabio dirigiéndose de nuevo al moderador—. Me voy a ir, no he venido a discutir con nadie, y menos con una voz, para eso existen otros lugares.
Encendieron todas las luces de la sala para buscar a la mujer que gritaba, las acomodadoras recorrieron los pasillos indagando sin dar con quien había gritado.
—Es exponencial—dijo por lo bajinis el matemático al sabio—. Creo que se esta alejando de la cuestión, toda acción humana es exponencial hasta que toca la asíntota vertical, aunque en matemáticas esto es imposible, las personas somos capaces de conseguir desorientar al lenguaje del universo, cualquier actividad humana asciende hasta que cae a plomo, usted debe conocerlo, cuantas crisis ha vivido, cuantas burbujas se han explotado en nuestra presencia.
—Mire yo no sé lo que quiere decir usted, lo que yo sé es que yo me refiero a una parábola, déjeme en paz, bastante tengo hoy, le he dicho antes, quedamos un día y discutimos todo cuanto usted quiera— dijo el sabio sin dejar de echar el ojo a las acomodadores que seguían buscando a la misteriosa mujer.
No hubo éxito en la búsqueda. Se apagaron las luces, el moderador se sentó en los asientos superiores de la sala para controlar el espacio desde atrás. El matemático prometió al sabio callarse y dejarle exponer sin interrumpirle. Quedaron luego para cenar y hablar. El sabio le dijo que él no se oponía desde el principio a ninguna idea, pero no era ese el lugar ni el momento.
—Proseguiré—comenzó a hablar de nuevo el sabio—. La parábola en la que nos hallamos todavía lleva un camino ascendente.
—¡Asquerosos!— retumbó en la sala la misma voz de mujer.
El moderador bajó unas filas más abajo a donde creía haberla escuchado, un hombre escondía algo debajo de la chaqueta. El moderador le obligó a que lo enseñara. Era su móvil. Explicó que él no tenía nada que ver, había salido de su teléfono aquella voz. La anterior no había salido de su móvil. El moderador no le creyó, le convino a marcharse, el hombre no rechistó. Bajando las escaleras comenzó a gritar desde diferentes lugares, la misma voz :!Asquerosos! Los espectadores echaron manos a sus móviles intentando apagarlos sin conseguir acallar el grito. La platea se convirtió en un coro de voces femeninas. El sabio se había sentado al lado del matemático desesperado.
—Quizá tengas razón y sea exponencial.
—Sin el quizá—le dijo con media sonrisa el matemático al sabio.
—¿También para lo bueno?
—Conoces algo bueno que tenga una ascensión tan constante.
—No lo conozco, pero eso no quiere decir que no pueda haber ocurrido, el caso es que no ha sido atestiguado. Podría ser en esas épocas ignotas antes de la agricultura, antes del capitalismo, antes de esta ciencia ficción en la que andamos sumergidos destruyendo el planeta creyendo que con eso nos salvaremos como humanidad. La única salida es esa inteligencia objetiva fuera de nosotros.
—No todos pensamos así, pero son los que nos llevan y esos son los que se dejan llevar, y luego estamos los que nos ahogamos en la ansiedad para nada, para sufrir simplemente. Ninguna inteligencia construida por humanos será objetiva, y no puede ser que no lo sepas.
—Todos sufriremos, antes o después.
El sabio había dado a torcer el brazo tal vez por primera vez desde que era tratado con este título, al menos públicamente. En la realidad alejada de los focos, en su vida privada, es que desde la muerte de su madre, a ella casi nunca la lograba engañar. Sintió un sentimiento de libertad al quedarse huérfano con treinta y cinco años que no compensaba la seguridad ni el amor que había perdido, pero así somos los humanos, sentimientos ambivalentes andando a dos patas. Desde entonces nadie consiguió quitarle su careta de persona segura y resolutiva, todo falso, sin un centro, sin una referencia su rumbo académico de erudito se alejaba de la tierra peligrosamente, se sentía henchido y flotando como un globo por encima de los mortales, sabiendo perfectamente que no se comportaba bien con los demás, aunque ellos no lo manifestaran abiertamente. Era un impostor que debía seguir fingiendo seguridad aun sentado al lado del matemático, y con todas esas voces replicadas de la misma mujer gritando desde los teléfonos, y ese batiburrillo de sensaciones que no le dejaban recapacitar, es como si le hubieran dado un puñetazo en la barriga y solamente pudiera centrarse en respirar y en sentir como el dolor ascendía y descendía deseando que esta curva si fuese una parábola. Es como si su cuerpo estuviera construido de cristal templado, y un golpe agudo seco lo hubiera convertido en bolitas duras y frías, que se desparramaran por el suelo tintineando.
No llegaba el silencio, aunque se hubiesen apagado todos los teléfonos.
El moderador saltó de pasillo en pasillo pisando algunos respaldos, desquiciado. Hasta que se dio por vencido y bajó por las escalera levantando los hombros y las manos mirando al sabio que con gestos y apenas dos palabras le comunicó que no se preocupara, ya no importa, la función ha terminado.
—Tenías razón, en este caso podría ser una parábola, aunque no se le viese la intención de parar la ascensión lo ha hecho—le dice el matemático tocando con amabilidad la espalda del sabio—. Hoy quizá sea el día que ha llegado a su vértice máximo. El tiempo dirá.
—Si está en mi mano no lo será—dice el sabio—. No podemos convertirnos en los oprimidos.
—No es así, la igualdad, la equidad, la tolerancia, es buena incluso para los que fueron opresores, todos y todas viviríamos mejor.
—Pero hay personas que son mejores que otras.
—¿Quién da ese certificado?, individualmente hay mejores y peores, pero no se puede generalizar al colectivo, las mujeres no son inferiores a los hombres, ni una religión es superior, o ninguna mal llamada raza, todo eso son discriminaciones institucionalizadas respaldadas por las mentiras redactadas en la historia que hacen que el ancla que nos nos deja movernos esté clavada tan lejos que es difícil desengancharla. No quiero faltarte al respeto, yo he venido a escucharte como he hecho otras veces, no has cambiado, y no cambiar es colocarse en el lado de lo malo, hay que mejorar. Ser conservadores nos convierte en cómplices de todos los dolores de la historia humana.
—Y si no he cambiado, cómo es posible que haya acertado, me machacaste con la exponencial, hasta me hiciste dudar. ¿ y tú crees que has cambiado?
—Porque tengas unas ideas u otras, seas conservador o progresista, eres una persona que recapacita, por eso me cuesta que no entiendas que no estoy en contra de ti, si no de lo que representas, eres un divulgador, mira esta sala, está repleta de gente que te admira, que todo lo que les expliques les parecerá bien, hay muchos de estos en el mundo, nosotros también los somos, seguidores, borregos que se comportan como un ente exponencial, lo parabólico es nuestra parte física, si saltamos caeremos, si corremos y giramos en una curva una fuerza centrifuga actuará sobre nosotros, la parte social es la otra, esa exponencial que un día se rompe los morros con la asíntota vertical, no me vas a bajar del burro. Cómo se suele decir, hasta un reloj parado acierta dos veces al día.
La sala comenzó a desalojarse, todo el mundo se llevó, como es lógico, sus teléfonos móviles, el silencio se apoderó del espacio. Se quedaron sentados el sabio, el matemático, y el moderador en frente de pie disculpándose:
—Todavía no sé lo que ha pasado, una rebelión de las máquinas, no entiendo por qué gritan asquerosos—la pregunta iba dirigida al matemático, lo culpaba de haber comenzado esa especie de revuelta. Hasta que no había intervenido la conferencia había ido como debía ser.
—A mí no me mires, yo me siento aludido como vosotros, por mucho que dude estoy en vuestro bando.
—Yo pienso que deberíamos contraatacar, esto tiende a darse la vuelta, vamos hacia una sociedad sin normas—dijo el sabio.
—¿Las normas no pueden ser otras?—preguntó el matemático.
—No, vamos a la barbarie, a la radicalidad, al no saber a que atenerse, pronto no se podrá decir nada.
La voz de mujer gritó de nuevo:«¡asquerosos!». No había nadie aparte de ellos, se levantaron y subieron las escaleras de la platea, rebuscaron por donde creían haberla oido, supusieron que alguien se había olvidado su teléfono con lo incomprensible que es hoy en día eso. Gritó de nuevo, aparentemente desde otro lugar alejado del primero, fueron allí a buscar. Al llegar, la escucharon arriba, y luego en la primera fila, y seguidamente hacia mitad a la derecha… Esto sucedió durante un buen rato hasta que se cansaron y decidieron dejar de perseguir a la impertinente voz. Aunque les podía tanto la curiosidad que no se decidían en abandonar la sala.
—¿Qué hacemos?—preguntó el matemático cansado.
—No lo sé, si hay alguien no me puedo ir, tengo que cerrar con llave—expresó el moderador enseñando el manojo—. Me han dejado con esa responsabilidad.
—No hay nadie, es solo una voz desde algún artilugio moderno que está jugando con nosotros, alguien debe estar detrás pero no aquí—dijo el sabio—. Deberíamos irnos tranquilamente aunque la curiosidad sea grande, podemos hacer una cosa, buscar diez minutos y si no la encontramos nos vamos, lo mejor sería separarnos.
Le hicieron caso, el moderador fue al cuadro de luces y las encendió todas. Se acercó a la mesa de sonido y la desenchufó. La voz volvió a gritar: “¡asquerosos!”. Cada uno la escuchó en un lugar y hacia allí se encaminaron. Terminaron transitando alrededor de la sala, dirigiéndose hacia quien estaba situado a su derecha, reemplazándose como si estuvieran jugando al juego de las sillas. Transcurrieron los diez minutos sin encontrar a nadie detrás de la voz errante.
El matemático se sentó en una silla preguntándose en voz alta:
—¿Por qué nos sentimos aludidos?
—Claramente nos lo dice a nosotros—respondió el sabio.
—Y si fuese una casualidad, estamos aquí hoy el día que le tocaba a esta voz despertar—comentó sin mucha convicción el moderador.
—Podría ser, pero ese insulto es hacia nosotros, somos los únicos que estamos aquí, y deberíamos entenderlo, quizá podríamos aprender y mejorar para no sentirnos tan atacados cuando lo oímos—dijo el matemático interrogando con la mirada al sabio que movía la cabeza negando.
—No puede ser, generaliza, no me conocen—dijo el sabio.
—¿Y si te conociera?—dijo el matemático con voz de reproche—. ¿Eres un hombre que no se ha portado mal con ninguna mujer?
—Siempre he sido correcto, aunque nadie es perfecto—dijo el sabio que seguía moviendo la cabeza como si negara algo del pasado.
—Nadie lo es—dice el matemático—. Creo que las cosas van por otro lado, no se trata de la perfección desde el punto de vista patriarcal, supongo que va de abusos, de discriminación, yo siempre había creído que el machismo no iba conmigo, incluso al contrario, me consideraba feminista, pero hace poco me abrieron los ojos, o yo me deje que me lo abriesen, no he sido trigo limpio, aunque desde hace algun tiempo estoy intentando cambiar, darse cuenta, dicen, es el primer paso para conseguirlo, estoy seguro que es demasiado tarde porque no lo asumís, y yo creía que iba por buen camino pero no estoy seguro, hoy cuando comenzaste tu conferencia, tu discurso, tu monólogo, hablando en ese masculino genérico que suena solamente a masculino, que cuando es usado la imaginación materializa hombres y más hombres, tenía un palpito de que algo inminente iba a ocurrir que nos rompería los esquemas y que nos atacarían. Ayer se puso en contacto conmigo una mujer, a la que me presentaron en una fiesta hará diez años más o menos, a la que después de dos o tres copas ataque, bese, toquetee, yo por aquel entonces no lo vi así, creía que había ligado, pero ella me lo explicó de otra manera. En un proceso personal que estaba llevando a cabo, me dijo que no le merecía la pena denunciarme, habían pasado diez años, yo no era el único que me había portado mal con ella, la sicóloga que la estaba tratando le conmino a que verbalizara la rabia y la ansiedad, y lo contara aunque fuese anónimamente, se está produciendo en las redes sociales un movimiento de explicación anónima, y también con nombres y apellidos, pero ella quiso llevarlo más allá, hablarlo con los hombres, con los sujetos activos, los que deberían sufrir la vergüenza, así me lo explicó, agaché las orejas y no supe que contestarle, le pedí perdón y le di esa excusa barata de que eran otros tiempos, no sé si estoy logrando cambiar, pero sí me he dado cuenta del daño que le produje, y seguramente no fuese a la única. Por eso sentí que tu discurso patriarcal iba a termina de alguna manera que no preveía, me sentía demasiado impresionado por lo que me contó, algo se podía romper hoy y así ha sido. Pero a la vez estoy con vosotros, conmigo, esto no puede dar la vuelta, no creo que debamos consentirlo, sería destapar la caja de los truenos.
La voz gritó de nuevo asquerosos varias veces desde diferentes lugares, para después pararse sobre el gallinero y materializarse como una mancha a las que los tres le otorgaron una forma que les recordaba a alguien, a una mujer a la que no supieron ponerle nombre, pero que al parecer había pasado por sus vidas.
—A esto me refería—dijo el matemático—. Es demasiado tarde, vas a tener razón con la parábola pero en otro aspecto.
—No digas tonterías—dijo el sabio—. No tiene razón, es una exageración, es una histérica, la mayoría de los hombres actuamos con templanza ante sus provocaciones, se visten y se arreglan así, una loca que nos quiere asustar no va a enseñarnos nada, es absurdo, vayámonos, este juego está llegando demasiado lejos.
El moderador mudo y con semblante blanco reculó hacia atrás sin dejar de prestar atención a la presencia imprecisa, el matemático desconcertado por las palabras del sabio se unió a la espantada creyendo que en ese momento le resultaría imposible cambiar de bando, que aquel sentimiento de desconcierto con la llamada de esa mujer fue una gran debilidad que debía afrontar con entereza, debía estar con los suyos, en otro lugar se sentiría huérfano por mucho que sintiese que no hacía lo correcto, o sí, ya no lo sabía, se le olvidaron los argumentos que había dado hacia un momento, dijo nervioso que debían irse, esto pinta mal, tal vez se haya terminado el tiempo de un posible dialogo, debemos imponernos por la fuerza.
La sombra gritó:«¡Asquerosos, la fuerza aún la conserváis!». Se deshizo en puntitos de colores apagados. Giró como un tornado tenue de humo gris claro y pareció bajar por la escalera. Los tres hombres corrieron hacia la salida, la puerta estaba completamente cerrada, el moderador rebuscó el llavero en sus bolsillos, no lo encontraba, forcejearon contra el pomo, histéricos, saltaron sobre la puerta después de una carrerilla haciéndose daño en varias partes de sus cuerpos, lloraron, incluso al sabio se le escuchó implorar perdón entre sollozos. El matemático gritó agitado que se esforzaría en comprender, en seguir un camino distinto, en escuchar, pero que necesitaba tiempo. El moderador no soltó palabras, solamente se agitaba, golpeaba, pateaba, se mordía los labios. Se corporeizó entre ellos un brazo desnudo no unido a ningún cuerpo que se movió como una serpiente hasta llegar al pomo de la puerta, lo giró y la empujó suavemente. Desde atrás la misma voz de mujer gritó:«¡salid asquerosos!, no soy como vosotros, no concebís que se puedan hacer las cosas de otro modo, no usaré la violencia aunque esté llena de rabia».
La calle con gente paseando estaba allí como siempre, miraron al interior, se había esfumado la presencia. El moderador salió primero, parecía que la sangre le volvía al rostro, y comenzaba a respirar con normalidad, dijo:«era ella». El matemático no quiso preguntar, el sabio no pareció escuchar.
—Era ella, fue mi pareja hace años, se suicidó lanzándose desde el puente nuevo.
—¿Seguro?—preguntó el matemático.
—¡Era ella!
—¿Si fue un suicidó porque te ha dado tanto miedo?, deberías haberte alegrado por saber que existe en algún lugar—expresó con un tono de reproche el matemático.
—No sigas por ahí—dijo el moderador.
—No voy a seguir porque no conozco toda la historia, seguramente hayamos visto a nuestros fantasmas .
—Era uno— puntualizó el sabio.
—Una, pero distinta— dijo el matemático con ademán de que lo dejaran en paz—. Yo me voy, os dejo aquí, no quiero saber nada más de vosotros, analizando tu discurso las hipótesis te llevan a un problema exponencial aunque tú te empeñaste en decir que era parabólico, es decir sin solución, y si la realidad como hemos comprobado es verdaderamente parabólica, lo que fallan son las premisas, tus premisas, las del moderador, las mías, y las de la mayoría de la sociedad, nos desenvolvemos en un conservadurismo que a tirones se desentumece cuando se siente atacado y tira con más fuerza de todos nosotros, nos da pánico el cambio porque podríamos advertir como la rana hervida que nos están cociendo, el amo quiere seguir siendo amo, y la sierva empezó a cuestionar la normas del amo.
—¡Asquerosos!—gritó la mujer desde la puerta de la sala de conferencias, ya era más que una presencia, había desarrollado tres dimensiones y no desentonaba con las personas que por allí discurrían si se obvia algo que nadie advertía, era diferente para cada mirada— no lleváis razón ninguno de los tres, os gusta explicarnos como debe ser nuestra vida, sin saber nada de ella, para que nos sintamos plenas debemos escucharos, se va a terminar.
El moderador dio un respingo y salió calle abajo corriendo a la máxima velocidad que consiguió que era poca debido a su pésima condición física.
El sabio giró hacia el lugar en el que estaba aposentada la mujer sin mirarla a los ojos diciendo: «he terminado, mañana quizá encontremos la manera de desembarazarnos de esta radicalidad feminista». Se marchó por el mismo camino que había recorrido hacía unos segundos el moderador pero con muchísima más parsimonia, fijándose con detenimiento donde posaba los pies, mirando a su alrededor regodeándose con los peatones, en un perro, unos bancos que habían pintado de rojo, y la poda reciente y según él excesiva de los árboles, entonando una pequeña melodía entre dientes, se despidió del matemático haciendo una mueca de complicidad y señalándole con el indice una escena que se desarrollaba detrás.
Cuando estaba algo alejado le dijo:
—Márchate tu también, eres el que más está en peligro, vas a causar baja para nuestra causa como te llenen de sus patrañas.
Al matemático le produjo asco este comentario pero no fue capaz de expresárselo, se había equivocado poco juzgando al sabio. Lo de las palabras parabólica o exponencial había sido la excusa para discrepar. Podría haber escogido otro tema, pero sentía que su conocimientos le darían más peso y credibilidad. El sabio era un auténtico fraude, un hombre que intentaría por todos los medios no perder su estatus, su endiosamiento, su parecer de verdad un sabio, había construido durante toda su vida el parecerlo, había demostrado ser muy buen actor, se creía de pies a cabeza el personaje, repetía y repetía ideas de otros cambiándolas para que pareciesen suyas con seguridad y con la autoridad que había adquirido. Su supuesto pensamiento constante sobre todo lo que veía era fundamentalmente una mirada sobre la superficie pero muy bien presentado, engañaba a la masa ignorante y engañaba al que no es tan ignorante y sin embargo deja que lo engañen por diferentes motivos, el principal mantener estatus, ideologías, e ideas preconcebidas de las que no se libra nadie. Y además a esto se le añadía un desprecio por el cambio. Nadie puede considerarse sabio sin la premisa de cuestionarse cada mañana nada más despertar y considerarse un fraude para intentar ese día serlo lo menos posible. El matemático se dio la vuelta, la mujer le recordaba a aquella a la que acosó, aunque si era sincero consigo mismo no sabría ponerle cara ni cuerpo. Lo estaba mirando con un gesto hierático, él le colocó el gesto según su conciencia en ese momento, se imaginó lo que ella estaría pensando, y no le gustaba lo que le ofrecía su pensamiento, pero no salió corriendo, o no se fue lentamente, habría sido mucho peor. Se mantuvo, intentando afrontar eso que lo conformaba, necesario según le dijeron para ser hombre, sin prometer nada, pero sí con la convicción plena de que caminaría conscientemente, meditando, cuestionándose, otra senda que la que le obligaron para el resto de su vida.
Le dijo a ella o a si mismo:
—Conozco como me he comportado, como me ha modelado la educación, el lugar de nacimiento, mi estatus social. Pienso que el pesimismo es una imposición del capitalismo, que nos enseña que todo está ya hecho y una persona sola no puede cambiar nada, así nos maniatan. Lo que entiendo es que todo está construido por personas solas en un mundo solo, solas nacemos y morimos, el universo, como dijo aquel, se crea cuando una persona nace, es creado con todo un pasado, y como cualquier pasado humano también esta constituido de personas solas que fabricaron a solas con otras a solas un camino para estar solas. De la soledad me he dado cuenta recientemente, y lo que yo haga o piense es el centro de mi universo. Tampoco hay que ser tan inocente como para pensar que las miradas de los otros, que el tribunal de los contemporáneos no están ahí, y que la construcción y los cimientos del inmovilismo no son de hormigón armado. Por eso no necesito que me perdones, no me lo mereceré seguramente, no necesito de tu ayuda que tampoco mereceré, supongo que todos tenemos derecho de enfilar otro camino.
—Asqueroso—le dijo con ternura airada, como si supiera que las palabras del matemático se las llevaría el viento pero con la esperanza de que alguna pesara más y mantuviera la coherencia de su discurso. Aquella presencia de mujer comenzó a cerrar la puerta del local, cuando parecía que se marchaba la abrió de nuevo como si se le hubiera olvidado algo—. Tu centro del universo es también mentira, aligera esa responsabilidad, tienes razón en una cosa, si nos diéramos cuenta que el universo, la tierra, esta sociedad se conciben al nacer y desaparecen al morir nos ocuparíamos más de buscar nuestro lugar en este lapsus y no de mantenernos en el que nos asignaron, pero olvida lo del centro ¡asqueroso!, concéntrate en los demás, en las demás, respeta sus trayectorias.
La luz y las sombras que conformaban la presencia cerraron la puerta definitivamente. Una brisa cálida ascendía la calle en cuesta, el matemático no había advertido hasta ese instante el paisaje de amplitud perfecta que se observaba desde allí, la silueta de los edificios recortando el mar casi espejo, delicadamente tranquilo con la piel erizada como si le hubiera dado frío, barcos pintados acercándose y alejándose del puerto, el sonido de la ciudad era parecido al silencio o es que no era capaz de sentirlo, los colores pastel ayudaban a su espíritu a entrar en un amodorramiento que necesitaba para aplacar la ansiedad de aquella tarde. Paso a paso se fue alejando con su imaginaria etiqueta iluminada sobre el pecho vociferando con luces amarillas la palabra asqueroso. Le parecía que las demás personas de la calle le miraban. Torció hacia una travesía paralela al mar cuyo nombre era: “Escuchar, callarse, y reflexionar”. Se adentraba por lugares no transitados. De nuevo retomo por una vía pequeña la bajada hacia el mar, en la placa de nomenclatura de cerámica azul estaba escrito “Reconocer y responsabilizarse”, quizá había tomado el buen camino, al final cuando un muro y una flecha obligaba a girar a la derecha se topo a la vuelta de la esquina con un local que se llamaba autocrítica, le apetecía tomarse algo, tenía hambre, leyó la carta y le pareció bien, bajó unas cuantas escaleras, el local era acogedor, con luz adecuada y música agradable, una camarera lo llevó a una mesa pequeña con un mantel con osos dibujados.
—Si me permite aconsejarle, hoy tenemos un “No repetir” fresquísimo, nos ha llegado esta mañana de la lonja—le dijo la camarera—. Aparte tenemos todo lo que ve en la carta.
—Eso mismo, me sentará bien, llevo toda mi vida comiendo platos precocinados.
—¡Marchando un No repetir para el señor asqueroso!. ¿Y de beber?
—Una caña bien fría.
— ¡Enseguida!
El matemático le dio un sorbo a la cerveza y se comió unas aceituna que le habían colocado de aperitivo. Extrañamente se sentía como en casa. Observó mientras esperaba el local, únicamente había hombres de mediana edad desorientados observando a los demás con cara de perplejidad y algo de miedo, como si no se fiasen de nadie. Recordó otra vez las palabras del sabio y su insistencia inicial de terminar su discurso en una linea parabólica, también con cierto arrepentimiento o vergüenza recordó su insistencia también inicial en que era exponencial, luego los dos cayeron en las dudas del otro y no supieron salir de ellas. Lo pensó mejor moviendo sus dedos entre los osos infantiles del mantel, lo dos tenían razón, o los dos estaban equivocados defendiendo desaforadamente su punto de vista. Cualquier crecimiento, tipo consumo de un recurso, en la sociedad humana es exponencial es decir “arracional”, un neologismo que le gusta más que irracional, pero como al final la naturaleza, la tierra, es finita, ella misma se encargará de quebrar esa curva en algún punto y lanzarla contra el suelo. Somos un proyectil que pretendíamos subir indefinidamente hacia arriba y conocer otros mundos y que al fin cayó para incrustarse en la tierra de la que creía haberse desvinculado. En definitiva somos unos ¡asquerosos! Usó esa palabra que la voz de mujer había utilizados para ellos, no para la humanidad al completo, si no para los hombres y concretamente en ese día para aquellos tres hombres perdido en un teatro. Se sintió un usurpador pero el sentimiento se diluía. De nuevo pensaba en masculino. Quizá no había cambiado tanto. Tardaba en llegar el plato No repetir. Se dijo a si mismo:«si no llega no pueden pedirnos a nosotros que cocinemos sobre esta mesa vacía llena de lo que nunca aprendimos». La noche se despertó en la madrugada y los comensales esperaron con paciencia hasta el amanecer, cuando rasgó el sol como cada mañana lo que quedaba de noche. La comida no llegó. Un nuevo día había llegado sin necesidad de esperarlo. El matemático y los demás salieron a la calle hambrientos. El agua del puerto era una balsa de un azul quimérico, la bruma y el silencio roto por la maquinas infernales de la limpieza de las calles le doblegó la esperanza en que se pudiera cambiar si cada día la visión que tenemos de las cosas es la misma repetida hasta la saciedad, incluso olvidó porque debía tener esa esperanza, era hombre, ¿qué tenía que ver él con las reivindicaciones? Ayer estaba en baja forma, sería eso, la reprimenda de aquella mujer le había golpeado, ahora pensaba que injustamente, como dijo el sabio, nos mandan señales contradictorias, ¿qué podía saber él lo que ella deseaba?, no fue tan grave, ¿no es el impulso del hombre?, ¿algo con lo que la naturaleza nos dotó?, son errores que todos los días se cometen, se han cometido, y la humanidad a tirado para delante. Bajó la calle convenciéndose: «soy un asqueroso, ¿y qué?, debo aceptar el insulto». No podía abandonar su bando, qué más podía pedir, ah sí, que no le molestaran más, él se había considerado feminista, estaba con ellas, no todos los hombres eran iguales, existen unos limites que no se deben sobrepasar ni para un lado ni para el otro, atacar en genérico esta muy feo, él tenía madre y hermana, las mujeres son muy importantes, nos dan la vida, están ahí para ayudarnos. El grito volvió de nuevo, rebotó en las paredes de la calle:«¡Asqueroso!». Se inmutó poco, miró alrededor y se dijo que se le va a hacer. Siguió descendiendo la calle empinada poco a poco sintiéndose mejor, olvidando el origen de la zozobra, la sombra que había cerrado la puerta se encontraba ya muy lejos, el grito hizo como lo escuchó, el día, el sol le devolvió la altivez y el orgullo de su género, llamaría al sabio para dialogar con él, juntos actuarían como se ha hecho desde el principio de la humanidad por mantener el fondo en estos tiempos en los que las formas han cambiado. Los hombres en conclave decidiendo como darle la vuelta a este derrotero, como siempre. Ser asqueroso no es tan malo, se dijo, nos lo llamaremos a nosotros mismos, será nuestro título, hay que abdicar en ciertos aspectos para que permanezca lo que verdaderamente nos hace diferentes. Que se desahoguen insultándonos, hablando de lo malos que somos, de las cosas que le hicimos, de lo que no hacemos…La noche, pensó, le había hecho bien, esperar ese plato que nunca llegaba, le había devuelto el rumbo perdido.
Llegó a su casa, se acostó sobre la cama sin deshacedla y sin quitarse la ropa, miró hacia el techo, se arrepintió de haber comenzado una pequeña rebelión contra el sabio, hay que medir las palabras mejor, así nunca encontraré mi lugar, ¿no lo había calculado bien?, una cosa es estar en desacuerdo y otra muy distinta alimentar a quienes desde el principio de los tiempos consideramos enemigas pero necesarias para mantener el status y el poder, ¿quién haría el trabajo gratuito en esta sociedad? Cerró los ojos y recordó las cuestas, el restaurante de hombres escondidos, miedosos sin saber lo que hicieron, desorientados, esperando a que le sirvieran, y le entró la rabia, hay días en los que nos convencen, es una ideología que se ha hecho fuerte y por eso debemos armarnos de razones, exactamente las que nos fueron útiles durante siglos, seguramente cambiándole el envoltorio. Se dijo:« no es que yo no sea feminista, es que enarbolan la bandera de un falso feminismo, no somos genéticamente iguales, dios nos hizo diferentes, las leyes las amparan, ¿por qué no denuncian más?, los hombres que se lo merezcan que lo paguen, ¿qué más quieren?».
Al final le rindió el cansancio.Fue cerrando los ojos en cuanto la conciencia fue lavándose con explicaciones y más explicaciones. Se durmió en el sueño de los asquerosos, que como los justos, esperan el juicio, con un juez y una justicia que estarán de su parte…
