No conozco el sonido, aunque intuyo de que se trata, lo alcanzo a vislumbrar con los demás sentidos, se escurre por mi piel, trepida entre mis intersticios, acomoda el tiempo con sus latidos, lo mide sin sumar al contrario que los almanaques y los años, el ritmo es una apreciación humana, el tempo una velocidad imprecisa, las reglas espirituales del baile son la voz de la tribu entrando en paroxismo armónico, es el grito atávico y melódico hacia la noche del universo de un ser muy pequeño que tiene manía megalómana y narcisismo perpetuo. Sin oír absolutamente nada mi comunicación es sonora, al menos lo intento, necesito a la música para mantener un contacto vibratorio con el exterior, observo las reacciones, los movimientos suaves y los espasmódicos y me acomodo a ellos. No soy introvertido a pesar de que es lo que esperan de mí, hablo cuando el interlocutor no conoce la lengua de signos, prácticamente siempre. No me escucho, pero sí he conformado una voz interior con esas palabras que he ido aprendiendo entreverado con el lenguaje de signos. La logopeda me asegura después de preguntarle por mis progresos que soy un hablante impecable. Le pregunto por el motivo de que se sientan superiores a mí, me hablan como si yo tuviese alguna discapacidad intelectual. La logopeda dice que existe un termino que define este comportamiento, la glotofobia, es una manera de clasificar a las personas por la variedad lingüística que hablan. Yo le digo que es un eufemismo en toda regla de xenofobia, o si se quiere dulcificar, de clasismo, sentirse superior porque pronuncias una lengua de la forma que se ha impuesto como la canónica es una variante más de conducirse por la vida por estímulos irracionales basados en prejuicios, manchados con ideas variopintas puestas ahí desde la más tierna infancia. Todos tenemos esos impulsos, el cerebro se mueve por atajos, aunque si se tiene un poco de conciencia y pensamiento, si se es capaz de comprender la discriminación, hay una solución bastante efectiva, aunque se debe entrenar, luchar contra ella a base de pensamientos racionales. Me dijo que la discapacidad intelectual depende más de las barreras del entorno que de cualquier otra cosa, todos podemos ser discapacitados, más bien ya lo somos, y lo somos por ejemplo cuando nos sacan de la zona que controlamos y nos topamos con gente que por fuerza física, machista, política, religiosa, o de otra índole impone su postura en el mundo, o cuando nos dicen una y otra vez que un lugar no es para nosotros, como le ha ocurrido por ejemplo a la comunidad gitana a la que se le ha obligado a sentirse inferior cuando salen del refugio de su familia, a menudo lo han asumido como real, le ocurre a mucha gente en el mundo. Tú no oyes pero sí escuchas, hablas perfectamente pero con un acento que ellos clasifican como inferior, y así deberías sentirte para que te acepten en el paternalismo que ellos te ofrecen, les gusta repetir esa frase de ayudar ayuda más a quien ayuda, y si le muestras tu agradecimiento el circulo se torna perfecto.
Yo le contesto con una pregunta: ¿y si no lo acepto? La logopeda me advierte que entonces se desatará el ostracismo en el mejor de los casos, ellos ya tienen un veredicto sobre ti, y no admites la sentencia hará que se te pongan las cosas más difíciles.
Salgo de la consulta, como se dice hoy, empoderado, es una gran profesional y una mejor persona, sabe motivar sin frases manídamente motivadoras. El terreno hacia abajo, la pendiente de la calle me ayuda a llevar un paso ágil, me duele muchísimo el tobillo, levanto la cabeza, últimamente no me he tratado bien en cualquiera de los aspectos, me he empeñado en ser aceptado, y no lo consigo, me he dejado tirándome al sillón durante horas viendo series, no soy capaz ni lo seré nunca de escuchar a más de uno o una a la vez. La logopeda me aseguró que nadie puede, no es lo mismo oír que escuchar, lo que hace la mayoría de la gente es soltar su royo, aún sabiendo la teoría me doy latigazos anímicos por no conseguirlo. Cuando estoy así no escucho, nadie es capaz de bajarme del burro, me regodeo, casi me gusta sentirme mal, aunque esta mujer cuyo trabajo de logopeda es solamente una tapadera para dedicarse a ser buena persona me ayuda a pensar positivamente, al menos dentro de mis desconciertos me muevo con más optimismo.
Enderezo la espalda en modo de alerta, me topo con un grupo, no sé que consignas gritan, se encuentran muy alterados, sonríen enseñando los dientes, creo que no es por mí, me producen miedo igualmente. Siento y evito la posibilidad de que crucen su odio con mi mirada a falta de contrincante, no sé contra quien van, en la bocacalle de la derecha un cordón policial corta el camino, de frente pasa igual, ya no son unos cuantos, una masa me empuja por detrás, no los he advertido hasta que me han tocado la espalda, me he girado y me ha preguntado algo un muchacho, hablaba moviendo la cabeza y no he conseguido leerle bien los labios, creo que me ha preguntado por mi nombre, no lo he visto en mi vida, me coge del brazo mientras creo que habla, mira hacia la policía, me da un mástil, arriba ondea una bandera, entiendo más o menos que se la sujete, que va a hacer algo, saca de la mochila una botella con mecha, la enciende, la lanza, construye una parábola luminosa en la noche oscura con la que me quedo embobado, se hace añicos contra una valla, un policía da vueltas sobre si mismo en el suelo intentando apagar el fuego que se ha apoderado de su torso, afortunadamente lo apagan con extintores en pocos segundos, espero que sea más aparatoso que grave, miro hacia arriba, un trapo sujeto al mástil cae relajado a falta de viento, al parecer debería agitarla, no quiero blandirla contra nadie, la dejo en el suelo, la pisan varias personas, se la encuentran a los pies, venían corriendo huyendo de una carga policial, la intentan saltar como si estuviese electrificada, me empujan, me recriminan, no entiendo ni una palabra, me arrinconan contra un portal, son siete hombres, mueven sus bocas esperpénticamente, todos llevan banderas, pequeñas, grandes, en la correa del reloj, en las camisetas, en las gorras, en los pantalones, en sus ojos, las blanden, me golpean con ellas, no entiendo nada, no sé como ha llegado este momento ni lo que significa, no tengo tiempo de sentir miedo, soy un espectador de la escena al quien invitan por la fuerza a subir al escenario, yo me niego a defenderme, y menos a atacar, no me concierne su odio, me giro, les doy la espalda y dejan de existir literalmente, respiro profundamente, me desconcierta, me siento un niño que ha sufrido una pesadilla y se esconde debajo de la manta para protegerse, no quiero darme la vuelta por si vuelven los perros de presa, no puede ser tan sencillo deshacerse de la violencia, pero ha ocurrido, acción y consecuencia, todo seguido, han desaparecido los golpes, no sé si los gritos, se abre la puerta del portal, una mujer me hace gestos, le hago caso, al entrar y observar hacia la calle compruebo que es lo que ha pasado, la policía avanza, miro a la mujer, es joven, le doy las gracias, me contesta no hay de qué, no entiendo sus motivos, no me conoce, me invita a subir a su casa, la acompaño, subimos las escaleras, tres pisos, entramos, nos acercamos al ventanal, nos entretenemos observando las cargas policiales que desde el punto de vista del observador son hipnóticas, las banderas oscilando a la carrera, cayendo como árboles talados. Sabía que las banderas no aguantaban el aire ni el sol mucho tiempo, ahora también estoy aprendiendo que tampoco son duchas en la velocidad, no son trapos que soporten el pensamiento racional, pero es que tampoco sirven para vapulear las ideas, son símbolos de un vacío tan excesivo que quienes las portan deben hacer mucho ruido para que no se advierta el sombrío silencio pesado que comportan.
Siguen desapareciendo de la calle, esta vez es la fuerza la que las hace zozobrar, que penoso trapo le digo a la muchacha sin conocer que es lo que piensa en este sentido, al parece no me la he jugado tanto, sonríe y dice que es verdad, es un trapo, un símbolo, más allá de eso una corchea. Le pregunto: «¿cómo?». Ella responde que una corchea es un mástil adherido a una peana que sostiene una bandera, se lo enseño así a mis alumnos, soy profesora de música en el conservatorio. Le pregunto el motivo de su ayuda. Me había observado irrumpir en la calle, sabía que no formaba parte de la escena, al verme en peligro bajó, y aprovechó la carga policial que me dejó solo ante el portal, un impulso, le ha sorprendido mucho mi sordera, aún más que hable perfectamente aunque con ese acento que al parecer me delata. Hablamos un rato, pronuncia muy bien, la entiendo perfectamente, la comprensión es recíproca intensa y profunda.
Sobre las una de la mañana la calle se va despejando. «Me tengo que ir, mañana trabajo», le digo. Elisa, que así se llama, encoge los hombros, antes de marcharme quiere mostrarme algo que me va a resultar extraño, me ruega que me pare un momento antes de reaccionar, que no salga corriendo, me pide unos segundos de paciencia, me acostumbraré como lo hizo ella. Le indico en tono humorístico que la forma de prevenirme es la que me da miedo: «¿no serás una asesina o algo por el estilo?». Ella no sonríe ante lo que yo considero un chiste, ha comenzado a caminar por el pasillo, no me había dado cuenta que era tan largo y con apenas puertas, al final a la derecha hay una. Elisa se coloca enfrente de ella, la abre, una luz potente la ilumina tanto que casi desaparece, se introduce en la habitación, debería en este momento darme la vuelta y marcharme pero no hago lo razonable, la curiosidad me subyuga. Antes de llegar percibo un golpeteo rítmico, el suelo vibra, toco las paredes y les sucede lo mismo. Elisa emerge como una aparecida y vuelve a por mí: «Mario ven, no tengas miedo». Me agarra del brazo, me arrastra, no ofrezco resistencia, en el interior, cuando mis ojos se van acostumbrado al cambio de luminiscencia, advierto sorpresivamente que no estoy en una habitación, el espacio es mucho más amplio, no alcanzo a saber las dimensiones porque hay mucha gente alrededor, y enfrente un escenario de concierto modesto que tapa el cielo nocturno, no conozco al grupo que toca, por sus vestimentas debe ser de rock, la tierra tiembla, la gente mueve la cabeza espasmódicamente, muchos rasguean guitarras al aire, otros levantan los vasos de cerveza y giran y giran mientras con la otra mano sostienen un cigarro de la risa, Elisa cimbrea su cuerpo al ritmo de la música, no entiendo nada pero estoy aquí, lo acepto, por algún motivo interno no me parece tan raro, me embriaga sentir la musica, me envuelve, me agarra con sus zarpas rugosas, la sigo y me agito al compas de la tremolación de la materia de la que formo parte, nos agarramos, giramos, nos soltamos, bailamos libres y de repente nos encontramos abrazándonos como si nos añoráramos tras años sin vernos, me besa, nos besamos, nos juntamos con fuerza intentando unir nuestras moléculas, derretir el espacio vacío, compactar el silencio, detener la soledad en nuestras vidas.
Me dice separando la cara que cualquier sociedad tiene una cara B, es una simplificación, claro, no hay abecedario suficiente para nominar los submundos.
Le pregunto que si ahora estamos en esa cara. Apenas puedo abrir los ojos por los efectos visuales del escenario, las pantallas gigantes muestran imágenes de fuegos artificiales, intercaladas con bombas que estallan derribando edificios enteros.
Elisa me responde que la zona de penumbra pertenece a la vida de las personas, la verdad es siempre mentirosa, el ruido que se vierte desde cualquier parte es insoportable, la cara B y todas las demás es donde vivimos, no existe la cara A, es un montaje de apariencias y palabras, tú eres afortunado por no oír, pues puedes fijarte en los gestos que engañan menos.
Le digo que yo no lo veo de ese modo, me gustaría pertenecer a lo normativo, ¿desde cuando detrás de la puerta de un pasillo sucede esto?
Me dice que desde hace unas horas al menos, este cuarto está normalmente cerrado, guarda las mantas, es una especie de trastero, había entrado para coger una estufa, ha estado toda la tarde escuchando una canción tras otra, hay personas aquí que llevan varios días porque se les nota el cansancio, había salido a descansar y tomarme un vaso de agua a la cocina, en el concierto únicamente vendían agua embotellada y muy cara, cuando al mirar a la calle para comprobar el estado de la manifestación que montan los fascistas todas las tardes a la misma hora te vi acorralado, decidí por impulso ayudarte, la suerte lo decidió, si esos energúmenos no se marchan no podría haber hecho nada más que ser espectadora de que te apalizaran.
Le digo que seguro que hubiera intentado algo por lo poco que la conozco.
Elisa asiente con un rictus desdeñoso, se desplaza por la habitación, camino detrás de ella temeroso de perderme, no encuentro visualmente la puerta por la que hemos entrado, tras el escenario aparece la luna llena con su blanco roto desafiando las luces humanas, subimos por unas escalinatas anchas y señoriales hacia una plaza, en las pantallas sigue la guerra, bombas y más bombas destruyen hogares, hospitales, carreteras, y debajo de todo, invisibles en las imágenes, están las personas muriendo desarropadas por su propio anonimato, nombres que nadie recordará porque también ha muerto quien pudiera hacerlo, en la parte inferior de las pantallas se escribe la letra de las canciones justo cuando el interprete las lanza a la multitud en éxtasis, poco a poco nos vamos alejando sobre adoquines, la plaza está cercada por pórticos soportados por pies de madera unidos por arcos de medio punto, los edificios no muy altos son de piedra, me parece que vamos dejando la musica para centrarnos en un silencio intrínseco, contagiándonos de la madrugada y de unas calles todavía potencialmente amables, siento que muchos ojos nos observan desde el insomnio, sumergidos en la oscuridad de sus hogares pero no tengo pruebas.
Recorremos una ciudad medieval dormida sin detenernos, creo que ella sabe hacia donde vamos, huelo a animales estabulados, Elisa me dice que se escucha un burro rebuznando, y varios perros ladran a nuestro paso, respondiendo otros en la lejanía, una torre de iglesia románica muestra su silueta elegante sobre un azulado cielo, comienza a amanecer, bajamos hacia eras de amarillo opulento, recorremos el camino hacia un corte tremendo en el terreno, llegamos a un balcón natural delimitado por una balaustrada, entonces Elisa alarga la mano, me indica, me dice que desde allí me vio, Le pregunto: «¿no fue desde el balcón de casa?». No me responde. Allí abajo, otro pueblo está detenido en las faldas de un risco como si se hubiera derramado cal desde el castillo que lo culmina.
Me dice mirándome, hablando lentamente: «allí, en las eras estabas, con una mujer de pelo largo».
Le digo que debía ser la logopeda.
Elisa parece susurrar: «De allí te vi salir y advertí por tu dirección que tendrías problemas»
Le expreso con admiración que tiene una vista excepcional. Más allá se está produciendo una contienda, o una escaramuza, dos pequeños grupos con estandartes, corcheas, como las llama Elisa, se golpean, se hieren con espadas, alguno yace seguramente muerto. El sol ha comenzado a hacerse presente, recorre el valle, llega al pueblo provocando que resplandezca su blancura, y toca la batalla, las corcheas se sueltan de las manos que las sostienen y ascienden como vapor emanado de una marmita caliente, los contrincantes se desconciertan deteniéndose, lo achacan a algo diabólico y dan pasos atrás buscando las cabalgaduras quien las tiene, los que no se dispersan andando, desde donde estamos parece que nunca hubieran existido dos bandos en una tierra que comprende y admite las diferencias pero no el antagonismo absurdo y violento.
Pregunto a Elisa: «¿son iguales los que corren en una dirección y la contraria?».
Responde que son personas, defienden su territorio, defienden a su rey, defienden a su dios, …son las mismas, y se odian por mandato no por conocimiento, así funciona el mundo, malas personas contra malas personas, son muy trabajadoras, en medio los miedosos, los abúlicos, los que se dejan llevar, los que sufren, sobre todo las víctimas, esos de allí abajo que han huido despavoridos son marionetas accionadas por control remoto, hay que saber que es una maquinaria terrible accionada en tiempos de paz esperando la guerra.
Le pregunto:«¿Era esto lo que me querías enseñar antes de marcharme?»
Me responde que justo, quería mostrarme como se evapora cualquier razón simbólica cuando el sol le golpea, las banderas se agrietan y se rasgan al sol y al viento, en la oscuridad de un cajón son eternas, ahí radica su peligrosidad, pueden esperar años, siglos, a la manos adecuadas.
Le pregunto que por qué a mí, qué tengo yo de especial, ¿qué puedo hacer yo?
Me responde: «Tú no oyes, las corcheas son igual que las blancas, que las negras…no distingues las notas, sientes los vibratos, las variaciones del sonido, no comprendes las luchas entre diferentes tonalidades de una misma frase, eres perfecto, un pentagrama en blanco, si todos fuésemos así la música de las batallas sería igual de festiva que la musica en una verbena de pueblo».
Le digo que es la primera vez que alguien me ve así, no comprendo del todo sus palabras, lucho sencillamente para ser uno más y camuflarme en el grupo.
Elisa dice: «Nunca llegaras a ser alguien más». Me coge de la mano y tira de mi como si fuera un niño, volvemos por donde hemos venido, el sol calienta, un ronroneo que asciende desde el interior de la tierra me arrulla, observo como las corcheas van desapareciendo en su ascensión hacia el sol, me encuentro en un estado febril pero placentero, la mano que me acoge, que me acompaña, que me arrastra, a la que yo dejo que me lleve, es cálida y firme, bajamos la escalinata, allí veo la puerta del pasillo entre la multitud que debe estar esperando a que salga otro grupo, están mirando quietos al escenario, volvemos a lo que llaman la normalidad, atravesamos zigzagueando hasta llegar a la puerta, me suelta la mano, me da un golpecito en la espalda, abro la puerta que da al otro lado, hace unas horas era el único, allá vamos…

Una respuesta a “Viajar en una corchea hacia el sol”
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