El tribunal de los contemporáneos

5 de abril del 2023

El tribunal de los contemporáneos

Un lugar siniestro atormentado por termitas antiguas, desaparecidas, pienso que por la abulia de comer una madera tan poco enjundiosa, quizás murieron por desnutrición, la mesa del comedor caoba picada por cilindros de menos de un milímetro de radio, las jambas, los dinteles de las tres puertas que dan a otras habitaciones con la misma viruela, la pared tuvo manchas que se han fundido con esa pátina tenebrosa de la dejadez y el humo de los fumadores que tal vez habitaron un día esta casa, ahora está prohibido al ser un lugar público, el suelo forrado de losas de linóleo gastado, ni un estudio forense podría llegar a conocer su color  inicial, en este momento oscuras, muy oscuras, los cristales se les echa de menos según el viento que sople, en cambio es una tenue  por desgastada arpillera que se ajusta a los marcos con púas torcidas a martillazos, que se desmembra formando agujeros por las zonas más desgastadas, la bonanza climatológica de estas tierras los convierte en suficiente para separar entre el exterior y el interior, incluso diría que no hay nada mejor a pesar de su precariedad y su ausencia total de estética(el panorama es horroroso), tapa el sol cuando le gusta azotar sin miramientos, incluso la aireación se agradece, sino se acumularían olores, las sillas donde deben sentarse los miembros del consejo son de anea y un día muy lejano fueron pintadas de rojo a brochazos con exceso de pintura, las patas parecen cirios con chorreones de cera que descansan en el suelo dando sensación de aumentar su estabilidad, una cocina en esquina remata la habitación, nadie hará de comer en ella, es usada como almacenamiento de miríadas de objetos que tapan su superficie, al menos el resto es minimalista y no agobia dejando a la vista recorrer un espacio relativamente grande, hay pocas cosas, las necesarias para el uso que se le da, que al parecer necesita de poco aderezo. 

Aquí se sientan en los días que golpea demasiado el sol, o en los que los vientos son desagradables, si hace ese fresquito húmedo que se filtra en los huesos, o la noche llega, aunque la sala sea oscura lo es más la oscuridad sin bombillas de estas calles alejadas del centro.

Es un lugar deprimente en el que están muy a gusto los juzgadores, no me pregunten el porqué, yo he subido varias veces por las escaleras cochambrosas, lo de menos es que no se hayan pintado en años, o en siglos, es ese olor a orín y no por la humedad que a veces produce este efecto, si no porque hay meadas de verdad  frescas y secas de días o años repartidas por las esquinas e incluso en los rellanos más luminosos, la gente pasa por delante del edificio y piensa que es un urinario público, no hay ningún lugar con la suficiente privacidad en las cercanías, para esas cosas hay que esconderse como si se estuviese haciendo algo malo, y qué mejor que el lugar donde se juzga nuestra moral. 

Los del tribunal, me han comentado voces autorizadas, que suben tranquilos sin importarle la suciedad ni la decrepitud, se cobijan en las cuatro paredes para pensar lo que ya está pensado. Les relucen los ojos y las sonrisas que son como murallas blancas. No necesitan más cuerpo, el resto es irrelevante, quizá las cejas se puedan salvar, las manos que dan palmadas o golpes sobre los muslos, poco más. 

Aquí se determina la existencia, el sin sentido doblega la racionalidad y el pragmatismo. Convierten la realidad en un conjunto de aprobaciones, likes los llaman ahora. Lo de sentirse observado sin que de verdad le importes a nadie, una plaza de pueblo impersonal, es subversivo y no se contempla o al menos no se expresa. Suben bastante a menudo, las togas arrastran por el suelo los hilos que se deshacen de los paños gastados a los que les hace falta un dobladillo como dios manda, limpiando el suelo que sigue igual de sucio tras haber restregados los jirones de sus ropajes. 

Yo no he me he encontrado directamente ante sus ojos, los evito, ando por los lados, evadiéndome como un niño que se tapa con las manos y cree cegar los ojos a los demás. Desaparezco del mundo sin desaparecer. Los he observado escondiendo  mis conocimientos, no es conveniente que sepan hasta donde alcanza mi poca o mucha sabiduría. En la calle parecen más amigables con ropa de un vecino cualquiera, o del repartidor de paquetes, o del empleado de banca. Mujeres u hombres, casi siempre hombres, las pocas mujeres incorporándose a los roles imperantes no diferenciándose de sus compañeros masculinos. Se le podría llamar metamorfosis, mutación temporal, o camuflaje, la gente se adapta a lo que se espera de ella, es la cárcel de los ojos que nos miran. Yo no entiendo esas cosas, mi forma de ser es lejana, evasiva, los ojos me producen aprensión, no entiendo lo que esconden, en cambio las palabras, escritas o habladas son lo que detonan en mí fuegos artificiales o se apagan en un charco tranquilo.

El tribunal está constituido para acallar a los amos del mundo, y que los siervos crean autorregularse, ¿Pero quién inventó las normas? Se me ocurrió preguntar a los sabios ya muertos, leyendo sus libros, ellos ya pensaron antes sobre el porqué los contemporáneos se juzgan los unos a los otros y son tan permisivos con esos que nos hacen daño, y por qué dejan que los que les gobiernan hayan nacido para hacerlo, y no me refiero solamente a los políticos, son también siervos, aunque tengan el privilegio de pensar que mandan en alguien. ¿Por qué están todos ciegos ante el orín que cae a cascadas y corre como un río entre sus piernas? Son esas pregunta que no nos hacemos, y que aún así respondemos sin haberlas formulado con parches que escuchamos aquí y allá, frases hechas, prejuicios, primeras impresiones que no lo son, nos la repitieron desde la cuna, si era preciso, con canciones pegadizas. Nos tienen entretenidos con palabrería, con futbol, con series, nos cansa tanto la vida que no tenemos fuerza para vivirla, y eso  es muy peligroso como se ha demostrado una y otra vez, y si se piensa, muy tonto, poco racional.

Al final los sabios no me explicaron gran cosa, tras un tiempo, no mucho, se repetían, oído uno, oídos todos, hablaban desde la mitad o menos de la población usurpando las voces que obligaban a callar y de las que a veces copiaban sus argumentarios. Entonces pregunté a las sabias, a las que nos acunaron, cantaron, limpiaron, cuidaron, fueron esclavas, prostitutas, madres, abuelas, todo junto, a veces creyendo que voluntariamente y siendo incluso felices, tal es su fuerza, pero también estudiaron las estrellas, pintaron, esculpieron, innovaron en las técnicas de construcción, inventaron y descubrieron aportando grandes avances a la humanidad. Les costó mucho más a las pocas privilegiadas que consiguieron salir del ámbito doméstico, y luego las pisotearon intentando por todos los medios su ostracismo. Hay que trabajar más para encontrarlas, su visión es más heterogénea, diversa, con ellas he conseguido aumentar mi amplitud de miras, y he sentido que la humanidad podría tener una oportunidad. 

Hace tiempo que no subo a escondidas las escaleras que me llevan al tribunal de los contemporáneos. Prometí no sufrir voluntariamente. Si quieren celebrar sus misas, sus liturgias, señalar con el dedo a quien no comulga en la corriente que imponen no me van a encontrar, me tendrían que despellejar vivo y construir con mi piel los sillones dónde se sientan para someter una parte de mi ser a sus posaderas acostumbradas a ser lamidas. Aún así no encontrarían una palabra de arrepentimiento entre tanto dolor, pero sí gritaría intentando dejarlos sordos, y vomitaría sobre ellos como último acto de voluntad.

Supe de la historia, así la aprendí, haciendo un esfuerzo por mirar, parcialmente descrita con grafitis sobre las paredes del baño público, o lo que es lo mismo, las escaleras que suben al Tribunal de los Contemporáneos, a trozos las pinturas relataban pinceladas inconexas que aunque desordenadas, con un poco de paciencia conseguí encontrar la cronología, en algunos parecían escritas por las propias manos de las protagonistas, pedían ayuda, pero la mayoría eran de los miembros del tribunal que suelen dejar sus sentencias en píldoras bienintencionadas, con pequeñas rimas, o explícitamente como que Fulanita no sé depila las axilas. Si subes un poco más, el tribunal no se sitúa en la planta más alta, entra demasiada luz, lo cual echaría a perder la intimidad que tanto se necesita para hablar en público mal de las otras y los otros, te encuentras con los verdaderos dibujos que relatan historias con mayúsculas y no elucubraciones. Como si se tratase de un iglesia, o una casa de Pompeya, están enmarcadas en frisos rojos, y columnas que intentan salir de las paredes lisas. Allí también la gente hace sus necesidades, pero menos, serán los más recatados, también más jovenes, o más en forma, suelen tener cuidado en no ensuciar los frescos. Deben faltarle plantas al edificio porque no encontré el comienzo.

La historia y la prehistoria de estos relatos son extensas, aunque se puede resumir bastante, tal vez pierda fuerza, pero no tendríamos tiempo, intentaré no cercenar la verdad. A la mujer se le impuso la monogamia, es la primera gran derrota sufrida por las mujeres en aquellos momentos de la prehistoria, se extendió por todos los rincones y culturas del mundo, y hasta hoy. El hombre se apropió de lo que no era de nadie inventándose la propiedad privada usurpada por la fuerza al uso de los colectivos humanos y otras especies animales, y con ello como consecuencia seguidamente llegó la aberración cultural de la herencia, considerando que la vida es finita, el hombre quería asegurar por la fuerza que su descendencia era suya, así que usó la religión para asegurarse un respaldo incuestionable, inventándose el matrimonio, la monogamia para ellas, la virginidad y la aberración construida de la pureza, términos que son cadenas inmensas exclusivamente para la mujer, y esto ha ido siempre creciendo, cuando una atadura se rompe o se afloja, aparecen otras como cabezas de la hidra. Al bajar los pisos del edificio del tribunal se llega a una época cercana al ahora, se ha impuesto el naturalismo en las pinturas de las paredes, el sexo explicito de la pornografía que sitúa el cuerpo de la mujer como objeto reprimido y subordinado al deseo del dominador, en los ámbitos cotidianos se encuentran los terribles cánones de belleza de los que es imposible olvidarse, también los cánones educativos que imbuyen en el comportamiento moral  femenino la indecisión, la sumisión, la inseguridad, convirtiendo todo momento vital de la mujer en enfermedad que deben no mostrase fuera de sus ámbito personal y doméstico, como la menstruación, la menopausia, incluso el embarazo, que otrora en las tribus donde todavía no se había inventado el machismo era símbolo de poder. 

Todo esto y mucho más se encuentra relatado en las escaleras del tribunal de los contemporáneos para quien quiera subir, no está escondido. Como es normal con otra finalidad de como lo veo yo, por eso se llama tribunal, y yo soy una simple persona.

Según mi humilde opinión no existe la justicia, únicamente el  propio nombre ensalzado por los que habitamos esta sociedad, es un simulacro, un lugar de adocenamiento, el simple escenario ya lo muestra, lugar obsoleto lleno ya no de hombres si no de su pensamientos que convierten a la sociedad inamovible, hasta la esquina de telarañas más tupida está completamente repleta de un aire masticado por otros pulmones, y del que nos obligan a inhalar. Es casi imposible encontrar un lugar no viciado en este edificio.

En la calle, fuera, la gente se encuentra entablando la existencia en eriales de contaminación que poco a poco se van pareciendo al infierno, se pasan el día corriendo del trabajo a casa y viceversa sin encontrar refugio. Quien los subordina, piensan que  es mejor y por eso está arriba, nadie lo cuestiona, excepto unos pocos que nos movemos alrededor como polillas a las que nadie hace mucho caso.

Existe la azotea del tribunal, no la he visto, no sé lo que esconden, las pocas veces que me atreví a subir todos los peldaños luchando contra el asco me la encontré cerrada. Sé quienes tienen la llave de acceso, los amos del mundo, no sabría ponerles nombre porque aunque te imagines quienes pertenecen a esa infecto grupo, no lo  demuestran nunca abiertamente, y mejor que no los señales, tú vida podría ser infinitamente peor, ni vayas a pedirle nada sin agacharte y suplicarles lamiéndoles los zapatos. En ese rellano nadie es capaz de orinarse, siquiera cerca de la puerta, sin embargo huele peor que en toda la ascensión. Yo a veces me he sentado en la última escalera oliendo los efluvios mezclándose con esta podredumbre invisible, y observando por el ventanuco una atmósfera poco halagüeña, un color de cielo gris, un viento endemoniado, un olor a quemado, y pienso que por mucho que me encuentre allí, cerca de salir a una terraza que contendrá desparramada por su suelo todas las realidades que nos esconden, me encuentro igual de lejos de liberarme de la opresión de ser juzgado que cuando camino por las calles infectadas de gente malencarada. Es aterrador y al mismo tiempo me produce atracción, si no nunca hubiera subido. 

Los lugares que aún quedan en la tierra que asemejan a un hogar, son artificiales, nacen flores de plástico entre las alfombras de césped, y lo pájaros de terracota hincados con cañas en los troncos de los árboles secos cantan por altavoces incrustados en sus picos abiertos, las nubes son polvorientas sábanas que llevan colgadas desde ni se sabe de cuando, fuera de lo que parece natural se encuentra lo que no engaña, los humedales secos, los anfibios extintos, miles de seres que ya no están convierten en más vacía la tierra, solo nuestras voces cacareando por doquier hacen bulto en un planeta en el que estamos solos, la soledad es muerte, aunque no lo sepamos todavía.

La gente siempre ha sido muy obediente, necesitan gurús, los buscan desesperadamente, no aguantan el vacío de enfrentarse a las decisiones por ellos mismos, si alguien siembra el miedo también eso sirve, el miedo une mucho, aunque a la larga destruye más que cualquier enfermedad infecciosa, el nacimiento es la marca de comienzo y de final, y con eso cuenta el tribunal, se sientan a deliberar, tú eres de aquí, te dicen, esos de allí, no quieras ser igual, tu eres hombre, o eres mujer, ¿si no sabes lo que eres lo vamos a saber nosotros?, aborrécete, sé así, son sus ojos lo más puñetero, las palabras son precisas y hacen daño como una lanceta, y así entramos en el juego, jugando contra las cartas marcadas, o decidimos ser malos como los jueces o los amos del mundo cuando para nosotros no es una ventaja.

Aquí estoy hoy, he decidido enfrentarme y conocer a los amos del mundo, detenido en esta esquina oculto, quiero ver el proceso que usan para juzgar, he encontrado un lugar desde el que no creo que me vean, hay una mesa arrumbada con unas faldillas de encaje, y un brasero de carbón que no se usa hace tiempo, se encuentra muy limpio, el tejido traslúcido y la oscuridad que se acrecienta en este rincón me ayudarán a pasar desapercibido, son muy puñeteros con los mirones,  su conciencia es turbia, saben que el proceso de sus deliberaciones es terrible, o eso me imagino, si no no lo harían escondidos, incluso cuando se reúnen los días buenos al aire libre no dejan ser observados por personas no acreditadas en las formas para ellos correcta de explicar lo que allí sucede, cierran a cal y canto los accesos y el espacio aéreo. No lo he dicho, aunque se habrá sobreentendido, contradictoriamente al hermetismo que consiguen, las escaleras son accesibles a cualquiera, la puerta de la calle está rota hace tiempo, para entrar aquí se me ocurrió  mirar donde esconden los muertos y allí me encontré la llave, después la dejé en el mismo sitio, como habréis supuesto, debajo de la alfombra, lo que no he conseguido todavía conocer es el lugar dónde se encuentra la que abre la puerta que accede a la azotea, lo que me aportaría la información que me falta, si alguien tiene una idea de donde la pueden guardar agradecería la sugerencia con sumo gusto, nunca rebelaría la fuente, gracias. El primer día entré por simple curiosidad, solo he recorrido, estas salas diáfanas y deterioradas dos días aparte de este. Al mirar a través de los agujeros entre las arpilleras observo la calle y me convierto en opinante y defensor o detractor de cualquier tema, opiniones que guardo para mí y mi libreta, en la que anoto las ideas que van apareciendo, la gente anda muy preocupada, aunque a veces un grupo parece pasárselo bien, una pareja se besa, o alguien hace aspavientos exagerados al saludar a una persona que intentó hacerse la distraída y que seguidamente imitó el baile de los conocidos que solamente se verán en momentos puntuales como estos y que terminarán el encuentro con un tenemos que vernos, la gente te sorprende, a veces son felices, o se lo pasan bien sin más, se evaden en paraísos artificiales y con eso les vasta, no me parece mal, pero si se dejan llevar demasiado por el presente quizá el infierno aparezca para sorprenderlos aunque lo llamaron con su dejadez. 

Me resulta perturbador la manera en la que te transforma observar desde aquí,  cuánta diferencia con lo conocido, el piso no está ni muy bajo, ni muy alto,  lo justo para tener una panorámica general y atisbar con cierta nitidez las vidas individuales, te altera, la realidad es bastante más diáfana y te embarga una especie de mando, eso que llaman el poder en la sombra, podría juzgar sin ser visto e influir en las decisiones de esas personas que asemejan títeres y que soportan pesos indecibles de los que a veces se deshacen con una violencia extrema. Por qué no los abandonan en el suelo que sería lo más fácil, no parecen saberlo, nadie se lo ha dicho, ellos piensan que las obligaciones que sufren son connatural a sus decisiones y no se les imponen por la fuerza de la costumbres, la sienten como el color de su piel. Quizá sea lo que se guarda en la azotea, sobre ella se esparcen los derechos de las minorías, las igualdades de las oprimidas y oprimidos, las tranquilidades hurtadas, eso que la gente busca sin admitirlo y que produce una lucha interior entre la necesidad personal y la imposición social. Es una elucubración, pero lo que nos esconden debe estar en algún lugar, y ese se encuentra cerrado herméticamente. Sería bueno abrir las puertas que coartan a los que quieren orinar bajo el sol, la lluvia, y el aire, yo mismo me atrevería a dejar mi timidez mingitoria si pudiera subir a la azotea, estoy harto de esconderme para todo, cuanto más mala es la gente menos pudor tienen a que se sepa, la sociedad lo ha entendido así y lo acepta de buen grado.

Esperaré, suelen llegar a media mañana, lo sé porque los he visto aparecer en  coches con sus escolta sobre esas horas cuando doy mi paseo diario para desentumecer las piernas, recorren la avenida principal en una comitiva de casi una decena de coches,  la policía siempre detiene la circulación del sentido contrario para que giren hacia esta calle en la que se aprecia un cambio estético radical, todos los edificios carecen de cristales en las ventana, como si hubiera estallado una bomba, del asfalto ajado emergen plantas en los lugares menos transitados, incluso existen ya incipientes arbolitos entre la acera y la calle, un descampado a la derecha es un lugar de plásticos como cualquier lugar del mundo de hoy dónde no se usen cantidades ingentes de energía mecánica y humana en limpiar.

Temo a mi reacciones, intentaré ser comedido, mantenerme callado, me he convencido de que solamente quiero obtener la información necesaria para conocer que es lo que verdaderamente mueve el mundo. No haré nada, esperaré a que se vayan, tal vez después intentaré que se sepa, aunque nadie me creerá, las televisiones, los periódicos, son tentáculos de esta sala. ¿Y saltar sobre ellos?, es lo que me pide el cuerpo, serviría menos todavía, me matarían en el acto o me apresarían, me pasaría la vida en la cárcel acusado de terrorismo.

Oigo muchos pasos, más de los usuales, un muchacho con media melena, camisa impoluta, y jersey sobre los hombros abre la puerta, se coloca a un lado y con una sonrisa y una genuflexión invita a pasar a los que deben ser los letrados del tribunal, no parecen personas normales, no quieren que se les confundan, llevan la toga descuidadamente encima del traje como si después tuviesen un evento social, caminan con seguridad y desdén, son once, tres mujeres. El muchacho que abrió la puerta mueve las sillas picadas de termitas, las arrastra, el chirrío hiere los oídos, ellos lo toman con la naturalidad de estar habituados a escucharlo, forma parte de la representación, es una especie de espectáculo sin público, estoy seguro de que les gustaría tenerlo, pero como dijo alguien después tendrían que matarlo, y no creo que sean de mancharse las manos. Se sitúan en corro en medio de la habitación más grande, no consigo distinguir sus expresiones, al menos la voz sí, hablan con autoridad. Es evidente que son y se sienten importantes en el engranaje de la pleonexia al que nos aboca el capitalismo, tienen la autoestima subida, y por tanto el engreimiento, los temas se suceden, los comentan primero: una mujer ha traído a un niño nacido por gestación subrogada de un país dónde se venden, una mujer ha cambiado de sexo, o un hombre desconcertantemente ha elegido ser mujer, una mujer se ha pasado con el Botox, han matado a otra mujer, no se detiene el número de muertes, las operaciones estéticas se han ido de las manos, las personas, en más proporción las mujeres se van pareciendo entre ellas, las mujeres deberían cuidarse más cuando salen por la noche, o no salir directamente, y ser más inteligentes al elegir sus parejas. Comentan casos particulares con nombres y apellidos generalizándolos entre la sociedad a través de los géneros y los estereotipos, las razas, las nacionalidades, lo estratos sociales, el noventa por ciento de los casos de los que hablan se refieren a mujeres y a sus culpa y obligaciones, luego viene el juicio moral por él que se han reunido, votan y dan sus veredictos, el presidente llama al muchacho, corre afuera, da unas voces, vienen tres hombres que se introducen en el interior del corro, los jueces les explican las conclusiones a las que han llegado, de acuerdo dicen ellos, toman unas cuantas notas y se marchan, deduzco que son los medios de propagación de los veredictos. En la calle se les llama comúnmente medios de comunicación.

He llegado a la concusión de que el tribunal funciona sobre la máxima: ‹‹la gente es muy obediente, y cuando no lo es, la culpa  no recae en quienes necesitan seguir las normas dadas, si no sobre quienes no han sabido dar de una forma correcta a las órdenes para los seguidores acérrimos››. Los mensajeros son la pieza más importante de este puzzle.

A esos tres hombres me los imagino, mientras yo no temo ya porque me encuentren, creo que lo han hecho, dando las pautas para la extensión de aquello que se ha dictado como de obligado cumplir por el tribunal, mejor que rápida efectiva y extensiva, no siempre directa, hay que implicar a varios enfoques, un ejemplo, si se quiere vender inseguridad, se deben buscar los casos reales, o incluso tirar de mentira, exagerándolos y repitiéndolos hasta la extenuación, enfocándolos como si no existiese nada más en el mundo, un ejemplo del que recientemente he reflexionado, se deben comunicar las ocupaciones de casas de tal manera que la gente crea que es inminente la usurpación de su hogar, y que es imposible que no les ocurra a ellos mientras estén comprando en el supermercado, además si se debe votar a una opción política porque el tribunal así lo ha estipulado, al venir mejor a los intereses del quienes mandan, hundamos a la otras con mensajes desde varios frentes, buscad los puntos débiles personales, buscad carnaza para los tiburones que hemos colocado en todos los medios de comunicación, y repitamos lo mismo veinticuatro horas del día. 

Saben que estoy aquí, no es posible que esta imaginación que yo tengo de niño pequeño funcione en el mundo real, que una mesa de camilla me oculte completamente de tantas personas que hay en la sala, por eso estoy perdiendo el pudor pero sin exagerar, debo disimular, y me voy acercando a gatas, colocándome detrás de una pila de cajas, después arrastrándome de cuclillas detrás del cubo de la fregona, pego un salto felino hacia un biombo que no refugia debido al tejido ralo picado por las polillas, un salto con una voltereta en el suelo y me detengo de rodillas tras un maletín de uno de los miembros del tribunal, ellos siguen aparentemente a lo suyo, estoy tan cerca que huelo las mezcolanza de colonias con las que se han rociado alguno o alguna con generosidad, se mezclan con el efluvio a orín que entra por la puerta que ha permanecido abierta, siguen recitando sentencias, no les parece bien aquello que brota espontáneamente en la sociedad, el deseo a ser cada cual lo que siente, para mí cada frase que dicen está macerada con maldad, odian con todas sus fuerzas, aparte de que se quieren mantener sentados en este lugar para siempre, y al parecer ser malas personas se lo garantiza. 

Una mano me agarra del pescuezo me obliga a levantarme, me revuelvo y le doy un manotazo para que me suelte. Es el muchacho de la camisa impoluta y el jersey por los hombros. Los jueces no se alteran, siguen con sus conversaciones, lo empujo, le digo que me deje, no estoy haciendo nada malo, pasaba por aquí, subí a orinar y me encontré la puerta abierta, curiosidad nada más, ¿quién no la tendría?. Me responde que no cuela, ya he tenido muchos como tú por aquí, tu excusa es la menos elaborada, y podría ser la más creíble si no tuviese experiencia con tipos como tú. 

—¿De verdad, no soy el único?

—Desgraciadamente no.

Comienzo a andar en silencio, sé que en una conversación en esta sala, ante quienes están decidiendo el camino llevo las de perder, no me puedo permitir exponer mi punto de vista, acelero el paso hacia la salida, el muchacho es más débil que yo, intenta pararme hasta que lo empujo y cae al suelo, logro salir al rellano, hay mucha gente en las escaleras, hacen cola, debe ser que la reunión del tribunal es lo que más ganas de evacuar les produce, no querrán estar lejos del lugar físico en el que se cuece el destino de la sociedad, por si les salpica algún privilegio, un enchufe, una corrupción, un amiguismo, es patente y conocido que dos manos mojadas por propias o ajenas micciones cuando entrechocan lacran una unión perecedera que solamente separará la cárcel o la muerte. Me obligan a huir hacia arriba, corro entre charcos y pequeñas cascadas, constantemente piso donde no debo y chapoteo pringándome, no sé si todavía me persigue, llego al último piso, estoy solo ante la puerta cerrada que da a la terraza, no se puede abrir, lo he intentado muchísimas veces anteriormente, hoy mismo, esta mañana con tranquilidad, tuve tiempo de darle vueltas, de buscar la llave hasta en el último recoveco o grieta, nadie ha subido entretanto, pero aún así la pateo sin producirle apenas un pequeño bollo, tomo impulso y salto con mis hombros sobre ella, logro hacerme daño, me pregunto por lo que debería hacer en vista que no puedo escapar, quizá se olviden de mí, esperaré a que se calme el edificio, no faltará mucho para que finalice la reunión, no suelen trabajar muchas horas, las suficientes para mantener el status quo, el resto del tiempo lo dedican a pasárselo bien y a su trabajo secundario, ser modelos a los que aspirar, el sistema necesita que la gente crea que algún día podrá o podría vivir en esas mansiones, pilotar yates, conducir deportivos, llevar una vida a costa de la pobreza de las demás personas, a la que ellos un día pertenecieron y de la que no se acordarían apenas pisen la abundancia, la rueda pide, obliga a que la gente viva corriendo tras una mentira constantemente como un hámster huyendo en su noria, para que a nadie, o a las mínimas personas les de por pensar la forma de cambiar las normas morales y sociales hacía el equilibrio, la paridad, la justicia, la igualdad, la equidad, o engrasar, o poner en funcionamiento el ascensor social.

Tras unos minutos con sensación de que el tiempo no transcurre escucho pasos tranquilos, quizá alguien con la vejiga llena que se ha atrevido a subir tan alto. Espero, no termina de aparecer, sube muy despacio, se detiene, no lo escucho, habrá llegado a su lugar elegido para orinar, aunque tampoco suena el chorro precipitándose sobre el suelo de mármol o la pared amarillenta, me pongo a mirar por el ventanuco situado en el muro de enfrente, a unos tres metros del suelo, no tiene ventanas, rasga el cielo con tres tubos embutidos metálicos que hacen las veces de asemejarse a una cárcel, quizás lo sea, el día parece esplendido, me produce embeleso contemplar el cielo tan azul tan raro últimamente y sentir una ligera y agradable brisa y puede que una terrible nostalgia. Alguien me agarra por detrás, me empuja contra la pared, me golpeo en la cabeza, la sangre que no sé de dónde brota se detiene en mis labios rodeándolos y gotea desde mi barbilla, coloco las manos intentándola detener, alguien me pone una tela gruesa en la frente y aprieta, alzo la mirada, es el muchacho. Me dice que no quería hacerme tanto daño, solamente que me tranquilizase, que está haciendo su trabajo como todo el mundo, que me comprima para que se detenga la hemorragia.

—¿Cual es tu trabajo? —le digo.

—Solucionar pequeños problemas.

—No sé si molestarme, o alegrarme, ¿por qué soy un problema?, ¿ y por qué pequeño?, ya puestos considérame grande, no sé ni lo que digo.

—Lo eres, no está permitido ser curioso con ciertas parcelas del entramado social, el tribunal ha dado su veredicto, eres culpable.

—Exijo un abogado para poder defenderme.

—En este punto no se puede ya exigir nada, nadie sabe que has subido.

—Me han visto.

—Eso es lo más fácil, eres invisible, ya has desaparecido, no están hablando de ti, que hayas pasado por delante de unas cuantas miradas que en estaban ocupadas en sus propios problemas no es relevante, no eras nadie, no eres nadie, y ya no lo serás, una lástima porque el sistema te deja amplios márgenes para desarrollar tu vida, pero no puedes ver sus entrañas, y menos salir a contarlo, has cometido la mayor de las infracciones posibles.

—¿Qué es lo que te deja?, ¿orinar en las escaleras del edificio de la justicia?, no te consiente más que lo que ya está estabulado o estipulado, es una libertad falseada,  consiste en trabajar, conseguir dinero para malvivir adquiriendo o deseando esas cosas que debemos poseer, yo solamente quería saber quien ostentaba el poder, tantos años votando, quejándome, firmando contra injusticias, y no se movía el mundo más que a pequeños saltitos muy medidos, y luego de repente se producía una contra ofensiva violenta y sanguinaria desde los medios de comunicación tradicionales, y los que no son tradicionales mucho más difusos e incluso peligrosos, simple curiosidad, el conocimiento es poder, aunque en este caso te produzca más problemas que beneficios, al encontrarte sin defensas, sin compinches, si supiéramos de nuestra fuerza real, y la supiéramos usar, pensando, recapacitando, aprendiendo de la experiencia, dejando a un lado las supersticiones, los retrocesos siempre son brutales, vertiginosos, los antecede un golpe seco, un silencio, una desorientación, como cuentan los que han sufrido la explosión de una bomba.

—No sé el porque me estás explicando esas cosas, únicamente soy quien ejecuta el veredicto, soy un trabajador, no existe una instancia a la que acudir a quejarse, los que vistes allí abajo son personas como tú y como yo, de lo que estás hablando realmente no existe.

Lleva algo colgado del cuello, una cinta con los colores de la bandera del país enganchada a un pequeño cofre, lo abre, saca una llave, se dirige a la puerta de la terraza, me mira, me advierte que no salga corriendo, no hay escapatoria, solamente dilataría lo que tiene que suceder. Mi curiosidad es más fuerte que el impulso innato de escapar, por fin veré lo que oculta esta puerta, me anuncia que es una simple terraza, bastante limpia, con nada especial. Abre, me invita a entrar, lo hago, cierra la puerta detrás de mí con violencia, me lo esperaba y no me he opuesto a quedarme encerrado, veo el cielo casi en toda su plenitud, la ciudad está situada en una llanura, y el horizonte no son más que edificios recortando escaleras rígidas en una lámina azul infinita, es un día espléndido como había observado detrás de las rejas carcelarias, tal vez un poco de calor, en muchas terrazas tremola ropa recién limpia, bastantes paneles solares, en otras sombrillas y hamacas, este edificio es el más alto de los alrededores, me decepciona lo que observo, no hay nada, una azotea normal, yo esperaba cadáveres, sangre, sufrimiento, me siento en el suelo a la sombra, ¿qué se supone que debo hacer?, ¿esperar mi muerte con estoicismo?, tal vez gritando encuentre un alma caritativa que quiera socorrerme, o más bien heroica, eso es, voy a pedir ayuda, me acerco al murete, intento desgañitarme en dirección a un edificio que no está muy lejos, rodeado de galerías o terrazas con más metros cuadrados que la casa media en este país, llenas de macetas y de personas realizando diferentes tareas, pronto advierto el alcance profundo de la condena, me han prohibido la voz, por más que me esfuerzo sale de mi boca el silencio más hondo y negro que haya escuchado, no me oigo el llanto, ni el grito desesperado que suceden a las llamadas de auxilio, muevo los brazos, una pareja que asomados conversa han mirado asombrados hacia dónde yo estoy, gesticulo, pronto me doy cuenta que observan la evolución de una bandada de estorninos detrás de mí. También soy invisible. Escucho ruido de charnela oxidada,  una trampilla, en la que no había reparado se abre y a través pasan una bandeja de comida, y luego otra, y otra, al salir desaparecen bruscamente, la cadencia es hipnótica, no sé cuanto tiempo transcurre, no sabría contarlo, he debido introducirme en una liminalidad, la tierra se encuentra exactamente a la misma distancia que el sol de aquí donde yo estoy, o que cualquier astro del universo, cuando subía por la escalera lo siento con la misma lejanía temporal que a ese niño introvertido que fui, durmiendo entre los tiestos del portal de la vecina, perdido del mundo literalmente, tardaron en encontrarme tras una búsqueda ansiosa por el barrio. Al final, después de no sé cuantas, queda una bandeja sobre el suelo, la toco para comprobar que existe, el pequeño portón se cierra, entiendo que debe ser para mí,  soy la última persona a la que desterraron, la recojo y me siento a comer bajo la sombra, me llevo a la boca el alimento sin muchas ganas, no sé como funciona este lugar, ni que ocurrirá a continuación, lo mismo es mi última comida, me deleito saboreando despidiéndome de las sensaciones, ¿qué ha ocurrido con las demás bandejas? Este es un lugar desconocido para mí y para el resto del mundo, nunca había oido mencionarlo, y me he movido por infinitud de ambientes, lo que quiere decir que nadie ha vuelto de aquí, ni ha recobrado la voz, ni ha conseguido ser visible, estoy seguro desgarradamente que hay muchos y muchas como yo en esta azotea, comiendo a mi lado, es un decir, cada cual solo o sola con su propia presencia y el fantasma de las demás, acompañados de las ausencias, desconociendo a desconocidos, sufriendo lo que los demás sufren, no estando solos ni solas en la más profunda soledad, en el ostracismo en el que solamente la multitud sin nombre puede sumirnos. Abajo en la calle hay gente, en las escaleras también, subiendo y bajando, orinando en todos los rincones, y aquí arriba en la limpieza abierta del sol y del aire, personas sin existencia para los demás, cayendo cual largos son, somos, en lo profundo de un bosque, nadie oye nuestro abatimiento.  Hasta hace una horas yo era un ignorante como esos que se mueven por las calles ¿Debería bastar para poseer una existencia sentirse?, no lo sé, no importa, la seguridad no me tranquilizaría, la empujaría lejos por impostora, existir está sobrevalorado, en el fondo lo sabemos y por eso lanzamos el odio y la rabia a campar a sus anchas, para que al menos alguien se acuerde de nosotros. Ellos quieren hacernos creer que lo más importante es nuestra individualidad, pero nos tratan como masa, y nosotros perdemos fuerza no conociendo que estamos juntos en la guerra y en la paz, en la indigencia y la riqueza, en la salud y la enfermedad, hasta que una azotea o la muerte nos separe. La libertad ficticia de hacer nuestras deposiciones dónde decidamos, incluso en su tribunal, se le llama derecho al pataleo. Él único derecho completamente cumplido.

¿Quien se preocupa de que la justicia sea justa?, la tenemos demasiado descuidada, y en manos de un poder del que no nos preocupamos lo más mínimo, ¿cuantos luchan por no ser juzgados?, ¿inventamos los espejos para eso?, ¿ahora las redes sociales?, ¿entramos en los mataderos emocionales para que la destrucción de la autoestima nos empuje a no luchar?, nos duele pensar, revelarnos, estar solos cuando siempre lo hemos estado, morir cuando siempre hemos estado muertos. No me sirve de nada, o no me ha servido, protestar, ahora sin voz. Debo encontrarme con la derrota, me acomodo en el suelo asumiendo que no es mía pero mucho se le parece lo que está sucediendo en esta azotea, es un descalabro, pero podría decirse que me lo he buscado, y eso me alegra, vencerse por una causa es droga dura, merece la pena haber saboreado la esencia misma de la vida. Dejo la bandeja, abren de nuevo la trampilla, una mano recoge una tras otra las que van apareciendo, saludo alrededor esperanzado que los demás harán los mismo, somos un grupo numeroso de individualidades, los contemporáneos nos separaron, el futuro no reunirá, habrá un presente en el que seamos nombres y se escuchen nuestras palabras. Siempre se ensalzó la heroicidad demasiado tarde, eso me hace llorar sin quejido y acurrucarme ente las rodillas. Podría haber no entrado, el muchacho era más débil que yo, no usó la fuerza, pero de alguna forma asumí que me lo merecía, consiguieron que me juzgara a mi mismo y que diera el veredicto que creí que ellos me darían. 

Tengo ganas de orinar, y lo hago mientras ando regando toda la terraza, si el final ha llegado no sé por qué tenemos tanto miedo, el final siempre llega, es mejor esto que vivir muerto.

Una respuesta a “El tribunal de los contemporáneos”

  1. Avatar de christinenovalarue
    christinenovalarue

    💜

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